Los cuatro primeros concilios ecuménicos
INTRODUCCIÓN
En este trabajo de investigación he desarrollado lo ocurrido en los cuatro primeros concilios ecuménicos de la historia de la Iglesia posteriores al fin de la persecución del cristianismo por parte del Imperio Romano. En cada uno de ellos he desarrollado: (1) su contexto histórico, (2) los asuntos tratados en dichos concilios y (3) las resoluciones y conclusiones adoptadas en cada uno de ellos, haciendo mención de los protagonistas y nombres principales de dichos concilios.
1. Concilio de Nicea
1.1. Contexto histórico
El Concilio de Nicea se celebró en el año 325 d.C. en la ciudad de Nicea, en Bitinia (Asia Menor). Tan solo doce años antes el emperador romano Constantino, en el Edicto de Milán (realmente un mandatum), «hizo de la Iglesia perseguida la Iglesia tolerada».[1] Por este motivo, este periodo se debe entender como el siglo donde surgen algunos de los grandes Padres de la Iglesia, ya que, finalizada la persecución y martirio por parte del estado, se permitió un espacio para profundizar en asuntos teológicos libremente. Con todo, también hubo aspectos negativos en esta nueva realidad: «pronto comenzó un movimiento de conversión en masa que inevitablemente tenía que obrar en perjuicio de la devoción y la vida moral de la Iglesia».[2] Al Concilio de Nicea «asistieron más de trescientos obispos»[3] y, a diferencia de concilios posteriores, no había un motivo particular para su celebración. Constantino convocó el concilio para presentarlo «a su Salvador como ofrenda de gratitud por las victorias que había logrado sobre todos sus enemigos».[4]
1.2. Asuntos tratados
El principal asunto que se trató en el Concilio de Nicea fue la controversia arriana. Arrio, presbítero y teólogo de la iglesia de Alejandría de origen libio, en el año 319 d.C. «acusó a su obispo Alejandro de seguir la doctrina de Sabelio (que tendía a identificar al Hijo con el Padre)».[5] Ante esta acusación Alejandro acudió a más obispos lo que provocó una investigación sobre las ideas planteadas por Arrio. La cuestión que se trataba no era otra que cómo la Iglesia entendía la naturaleza de Dios. Por un lado, Alejandro defendía «que el Verbo había existido siempre junto al Padre»[6] y denunciaba la frase: «como decía Arrio, “hubo cuando el verbo no existía».[7] En este sentido, lo que se estaba debatiendo era, ni más ni menos, que la divinidad del Verbo. Si bien Arrio no negaba la preexistencia del Verbo antes del nacimiento de Jesús, sí afirmaba que «el Verbo, aún antes de toda la creación, había sido creado».[8] Es decir, según Arrio «Jesucristo el Hijo de Dios era una criatura, la más perfecta, pero no Dios eterno que coexistía con el Padre y el Espíritu Santo desde la eternidad, tal como habían enseñado los apóstoles, particularmente san Juan».[9] Esta doctrina arrianista «logró amplio apoyo entre el pueblo alejandrino, que iba por la calle cantando: “hubo cuando no lo hubo”».[10] Alejandro convocó en Alejandría un «Sínodo de cien obispos»[11] que condenó dicha postura teológica, provocando que Arrio se fuese a Palestina. Sin embargo, la controversia no había terminado, puesto que llegaron al Concilio de Nicea «un pequeño grupo de arrianos convencidos, capitaneados por Eusebio de Nicomedia»[12]. La usencia de Arrio en el concilio se debe a que «Arrio no era obispo, no tenía derecho a participar en las deliberaciones del concilio».[13] Como representantes del otro bando llegó al concilio «otra minoría, encabezada por Alejandro de Alejandría y en la que no faltaban algunos obispos de tendencias sabelianas, (que) iba dispuesta a lograr la condenación de Arrio».[14] Junto a Alejandro, acompañándolo en su defensa teológica estaba «un joven diácono que después ser haría famoso como uno de los gigantes cristianos del siglo IV, Atanasio».[15]
1.3. Resoluciones y conclusiones
Si bien la intención del Concilio de Nicea era tratar el asunto de forma conciliadora para dejar atrás este debate, fue cuando Eusebio de Nicomedia comenzó a exponer su postura teológica «convencido de la verdad que defendía»[16] y esperando convencer a la audiencia, que, por el contrario, comenzaron a escucharse gritos de: “¡blasfemia!” y “¡herejía!”. Puesto que Constantino pretendía «la unidad del Imperio más que la unidad de Dios, se inclinaba a buscar una fórmula que fuese aceptable para el mayor número posible de obispos»[17], no sólo estuvo presente en el concilio, sino que participó en el debate. En primer término, se buscó una solución bíblica para plantear un credo que todos aceptaran, sin embargo, los arrianos en su defensa eran capaces de argumentar con sus propias interpretaciones bíblicas su postura. Finalmente, el emperador Constantino, probablemente aconsejado por Hosio de Córdoba, «intervino y sugirió que se añadiese el término “consubstancial” (homousios)»[18], y así se incorporó en el credo resultante de dicho concilio. Realmente, el Credo de Nicea no supuso una solución clara al arrianismo, ya que permitía la suficiente ambigüedad interpretativa para todo tipo de especulaciones teológicas. Para los Obispos de Occidente homousios permitía defender su posición sobre la unidad en substancia entre el Padre y el Hijo, sin embargo, este no era el debate en cuestión con el arrianismo, ya que ellos negaban era la divinidad del Hijo. Para otros como Eustatio y Marcelo, el término homousios era una afirmación «no solo una de la divinidad del Hijo, sino también de la unidad absoluta y sin distinciones entre el Padre y el Hijo».[19] Para los defensores de la postura de Alejandro, la solución planteada «no era tan explícita como lo hubieran deseado».[20] Para los arrianos, el credo fue aceptado por la mayoría intentando mantener su postura con alguna interpretación particular sin recibir la condena de herejía, otros, en cambio, no firmaron el credo ni los anatemas del mismo. Por último, para la mayoría de los Obispos presentes en este concilio, sus preocupaciones eran mayores con el sabelianismo que con el arrianismo, por lo que aceptaron dicha solución entendiendo que la fórmula defendía la divinidad del Hijo y «no como una afirmación de la unidad absoluta y sustancial de Dios».[21]
2. Concilio de Constantinopla
2.1. Contexto histórico
El Imperio Romano no era solamente Roma, ni las provincias donde se hablaba latín, sino que su parte oriental era muy importante. De hecho, en los primeros siglos de la iglesia se suele describir geográficamente, y también teológicamente, en la Iglesia Occidental y la Iglesia Oriental: «el cristianismo oriental pronto desarrolló características muy distintas a su congénere de Occidente».[22] En este sentido, el Concilio de Constantinopla, celebrado en la ciudad de Constantinopla (actual ciudad de Estambul) el 381 d.C., se produce como controversia a las dos posiciones teológicas que habían caracterizado a la Iglesia de Oriente, y que se podían identificar por dos capitales de dichos pensamientos teológicos: Antioquía y Alejandría. Los de Antioquía, siendo próximos a Palestina, la cultura judía y al contexto de los sucesos del Nuevo Testamento, tendían a un «sentido histórico y literal de las Escrituras»[23], mientras que los de Alejandría «habían interpretado su fe a la luz de la tradición platónica»[24], considerando el cristianismo como la verdadera filosofía y a la Biblia «como un conjunto de alegorías»[25] con significados eternos. Esto provocaba tensiones de ambos bandos referentes a cuestiones cristológicas, ya que, así como los alejandrinos enfatizaban en la persona de Jesús su cualidad de maestro que comunicaba las verdades eternas (el Verbo divino), los antioqueños enfatizaban su realidad histórica y humana, negando cualquier doctrina o énfasis que negara la humanidad de Cristo. En aquel momento la Iglesia estaba de acuerdo en que Jesucristo era Dios y hombre (hipostasis), sin embargo, el debate seguí abierto en «cómo o en qué sentido Jesús era tanto humano como divino».[26] Por este motivo, y por los debates surgidos entre ambas escuelas de pensamiento teológico, el emperador Teodosio convocó el Concilio de Constantinopla.
2.2. Asuntos tratados
La controversia principal que querían tratar en dicho Concilio había nacido de la mano de Apolinaro de Laodicea, teólogo alejandrino, que tratando de refutar uno de los argumentos del arrianismo, que todavía seguía activo en aquel momento, llegó a afirmar que «Jesucristo el Verbo divino había tomado el lugar del alma racional».[27] Esta afirmación planteaba por parte de Apolinaro defender que Jesús tenía un cuerpo (alma animal) humano, pero que su mente (alma racional) era divina. Los antioqueños rápidamente vieron el problema de esta postulación, ya que se podría afirmar que Jesús no era verdaderamente humano al tener una mente divina y, por lo tanto, que no era Salvador de los hombres, puesto que los principales pecados no son del alma animal, sino del alma racional. En esta afirmación Jesús no salvaría al ser humano al completo por sus pecados, sino solamente por parte de sus pecados, haciendo inválida la obra de salvación de Cristo. Gregorio de Nacianzo y otros condenaron los planteamientos de Apolinaro. También en Roma, los obispos de Occidente como Dámaso condenaron al apolinarismo entendiendo que «tal explicación destruiría la doctrina cristiana de la salvación».[28] En el año 374 d.C. se reunió un sínodo en Occidente que propuso un credo similar al de Nicea, «pero que al llegar a la referencia de la encarnación decía: “fue hecho hombre, es decir, hombre perfecto, con alma, cuerpo e intelecto, y todo lo que constituye un ser humano”».[29] Tan solo siete años más tarde se celebró el Concilio de Constantinopla que ratificaba este sentir general en la Iglesia.
2.3. Resoluciones y conclusiones
En el Concilio de Constantinopla se adoptaron tres resoluciones principales. (1) Se condenó el apolinarismo, dando por concluido el debate sobre la humanidad de Cristo que había durado unos cuantos años, imponiéndose así el sentir de los antioqueños. (2) En este concilio no se «redactó un nuevo credo, sino que se limitó a reafirmar el de Nicea»[30] si bien, «completa el de Nicea, expandiendo su doctrina al Espíritu Santo».[31] (3) Además se «condenó al arrianismo (…) también en sus nuevas modalidades: anomoeanos, homoeanos y pneumatomacos»[32], ya que este se había mantenido activo tras el Concilio de Nicea por la influencia de Eusebio de Nicomedia en el emperador Constantino.
3. Concilio de Éfeso
3.1. Contexto histórico
El contexto del Concilio de Éfeso no solamente fue tocante a asuntos teológicos, sino también de disputa por el poder dentro de la Iglesia. Las cuatro capitales de la Iglesia: Roma, Alejandría, Antioquía y Constantinopla «luchaban por lograr la hegemonía en la estructura eclesiástica; y todas permitieron que sus intereses políticos se hicieran sentir en sus decisiones teológicas»[33]. Una nueva controversia sobre cristología surgiría cuando el antioqueño Nestorio es nombrado patriarca de Constantinopla en el 428 d.C. Puesto que la vieja tensión entre alejandrinos y antioqueños volvió a resurgir cuando un antioqueño llegó al poder en la nueva capital del Imperio Oriental. Además, fue el propio Nestorio quien potenció dicho conflicto debido a su imprudencia.
3.2. Asuntos tratados
La controversia teológica surgida en aquel momento fue el término de theotokos: «madre de Dios», o «la que “pare” a Dios», utilizado para la Virgen María. Debe aclararse que en aquel momento «la controversia no era de carácter mariológico, sino cristológico».[34] En este punto Nestorio apoyó la postulación de Anastasio en contra del término theotokos, ya que defendía que «quien había nacido de María no era Dios, sino la humanidad de Jesús».[35] Nestorio explicaba esta doctrina afirmando que en Cristo no solamente había dos naturalezas, sino también dos personas, por lo que María debía ser christotokos no theotokos, y que estas dos personas en Cristo se unen moralmente en conjunción, no en confusión. Ante estas afirmaciones surgieron todo tipo de respuestas rechazándola. El conflicto principal en negar theotokos era que, si Dios no nació de María, tampoco habitó entre nosotros, ni Jesús podría ser llamado Emanuel, ni que Jesús (el Verbo) es Dios hablando, lo que provocaba muchas controversias a doctrinas fundamentales de la fe cristiana y la Escritura. Entre los principales detractores de Nestorio destacó Cirilo de Alejandría, puesto que la reputación de las escuelas de pensamiento antioqueñas y alejandrinas estaban en juego, quiso aprovechar esta oportunidad. Con suficientes argumentos teológicos y el apoyo político suficiente, Cirilo fue capaz de provocar que los emperadores de aquel momento, Valentiniano III y Teodosio II, convocaran el Concilio de Éfeso para tratar el asunto en cuestión. Pese a que el concilio debía celebrarse el 7 de junio, los emperadores y la defensa de la postura de Nestorio por medio de Juan de Antioquía no habían llegado todavía a la ciudad de Éfeso a la fecha del 22 de junio. Cirilo decidió entonces comenzar rápidamente con las sesiones del concilio que terminaron con acusación de herejía a Nestorio, el cual no tuvo oportunidad de defenderse. Cuando la comitiva de Juan de Antioquía llegó a Éfeso cuatro días después, y tras saber la resolución del concilio por parte de Cirilo, convocaron un concilio independiente con algunos obispos en el que condenaron a Cirilo y absolvieron a Nestorio. Finalmente llegaron los legados papales y al ver lo sucedido, no solo condenaron a Nestorio sino también a Juan de Antioquía por haber realizado un concilio propio.
3.3. Resoluciones y conclusiones
Tras toda esta controversia sucedida en el Concilio de Éfeso, no fue hasta dos años después, en el año 433 d.C., que Cirilo de Alejandría y Juan de Antioquía llegaron a una Fórmula de Reunión tras largas conversaciones y negociaciones entre ambos bandos. Mientras tanto, Nestorio había sido depuesto de sus cargos y enviado a un monasterio en Antioquía para posteriormente ser enviado a Petra, y finalmente a Libia. Como consecuencia de esta acuerdo entre ambas escuelas (Alejandría y Antioquía) se aceptó el resultado del primer concilio celebrado por Cirilo, preservando el título de theotokos a María, que vino a ser «parte de la doctrina de la iglesia y señal de ortodoxia, tanto el Oriente como en el Occidente»[36], quedando así resuelto el asunto cristológico en debate de dicha doctrina.
4. Concilio de Calcedonia
4.1. Contexto histórico
Pese a la victoria de Cirilo y la escuela de Alejandría sobre la de Antioquía, Cirilo entendió el resultado del Concilio de Éfeso como una tregua y punto de encuentro en el que ambas escuelas teológicas se necesitaban si se pretendía la ortodoxia. Sin embargo, tras la sucesión de Cirilo por Dióscoro de Alejandría, así como la de Juan de Antioquía por Domno, la controversia volvió a resurgir. Domno pretendía una vida más monástica por lo que había cedido en Teodoreto de Ciro los asuntos de gobierno eclesiástico, alguien muy cercano al pensamiento de Nestorio, oportunidad que Dióscoro no quiso desaprovechar. El emperador Teodosio II, ya anciano, había delegado los asuntos a Crisapio, que era fácilmente corruptible por intereses económicos que los alejandrinos supieron intuir. Por influencia de Crisapio el emperador promulgó un edicto anti-nestoriano como ataque directo a Teodoreto y los antioqueños. Tras esta presión sobre los antioqueños, Dióscoro siguió impulsando lo que esperaba fuese la victoria de Alejandría sobre Antioquía utilizando el caso de un monje de convicciones alejandrinas en Constantinopla llamado Eutiques. Este monje había sido acusado de herejía por Flaviano, el patriarca de Constantinopla en el 448 d.C. puesto que no aceptaba la Fórmula de Reunión pactada en el año 433 d.C. y es que Eutiques «no hacía más que lo que estaban haciendo por todo el Oriente docenas de opositores a la doctrina de las dos naturalezas».[37] Finalmente Dióscoro consiguió que se convocase un concilio en la ciudad de Éfeso en el año 449 d.C., en el cual fue nombrado presidente por Crisapio y en el que tenía control absoluto. Para su sorpresa, el papa León en Roma, defendía la condena a Eutiques planteada por Flaviano, por lo que Dióscoro no permitió ningún alegato en contra de las doctrinas de Eutiques, ni si quiera que los enviados por el papa León leyeran la acusación del papa contra Eutiques. Finalmente, cuando Flaviano quiso defenderse «los partidarios de Dióscoro lo golpearon y pisotearon con tal violencia que a los pocos días murió».[38] En este concilio de Éfeso se condenó como herejía las postulaciones de Nestorio y Flaviano, pero el papa León se negó a aceptar dichas resoluciones debido a la acontecido. Sin embargo, Teodosio II y Crisapio dieron por concluido el asunto. Este asunto no se resolvió hasta el año 451 d.C. cuando Pulqueria y Marciano convocaron un gran concilio en Nicea, que finalmente se celebró en Calcedonia. «A él acudieron quinientos veinte obispos, un número mayor que a cualquiera de los concilios anteriores».[39]
4.2. Asuntos tratados
Aunque los asuntos descritos como antecedentes y contexto parecieran más relacionados con asuntos meramente políticos o de ego religioso, todos ellos seguían estando presididos por una disputa y asuntos teológicos sin resolver entre Alejandría y Antioquía. En el Concilio de Calcedonia se realizó una definición del misterio de la encarnación de Cristo. Esto no significa que se explicase, sino que establecieron «una serie de límites (…), pero dentro de los cuales puede haber diversas posiciones ortodoxas».[40] El tono de dicha definición volvió a los cauces «sencillo de los Evangelios»[41] volviendo a recuperar el sentido bíblico de dicha disputa teológica. Desde el principio de la Iglesia, la influencia de la filosofía afectó al entendimiento de Dios hasta tal punto que todo lo divino debía ser contrario a lo humano. En cuanto se comenzó a tratar a la persona del Hijo, Jesucristo, el Verbo encarnado, este conflicto comenzó a tensionar todas las posiciones teológicas en debate. Por esto la Definición de fe de Calcedonia no pretendía anular el canon de Éfeso del 431 d.C., sino afirmar el Credo de Nicea explicado por medio dicha definición. De esta manera se condenaba a los que confundían las naturalezas del Salvador (Eutiques) y aquellos que las separaban (Nestorio), pero sin condenar el uso en sí mismo de la frase «dos naturalezas», tal y como hacía Cirilo, sino más bien a la interpretación que algunos como Eutiques o Nestorio hacían al utilizar dicha frase. En este sentido, González afirma que «quizá si la iglesia hubiera seguido, no la doctrina de los filósofos, sino el modo de ver a Dios en lo que hacían personajes tales como Ireneo, el curso de su desarrollo cristológico habría sido otro».[42]
4.3. Resoluciones y conclusiones
En este concilio se resolvieron los siguientes asuntos: (1) se condenó a Eutiques y Dióscoro, perdonando al resto de los que participaron en el concilio de Éfeso de dos años antes. (2) Se leyó la carta que el papa León quiso que fuese leída en la acusación contra Flaviano. (3) Se realizó una Definición de fe como resultado de todas las controversias recientes sobre la divinidad y humanidad de Jesús, no pretendiendo resolver la cuestión, sino evitar errores pasados. (4) Se condenó cualquier interpretación posible ajena a dicha Definición de fe sobre las dos naturalezas de Cristo. (5) Aquellos, y fueron muchos, que no aceptaron dicha definición y defendían una sola naturaleza, son los denominados monofisitas.
CONCLUSIÓN
No debe entenderse como una mera casualidad que los primeros cuatro concilios ecuménicos celebrados después de la tolerancia por parte del Imperio Romano al cristianismo se centrasen en la persona de Jesucristo y en asuntos de cristología. Como escribió Pedro: «para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso; pero para los que no creen, La piedra que los edificadores desecharon, Ha venido a ser la cabeza del ángulo; y: Piedra de tropiezo, y roca que hace caer» (1 P 2:7-8). Y es que la controversia sobre Dios siempre comienza y termina en Aquel en quien podemos tener esperanza de vida eterna, pues «en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hch 4:13). Todos los concilios citados: Nicea (325 d.C.), Constantinopla (381 d.C.), Éfeso (431 d.C.) y Calcedonia (451 d.C.) son la respuesta de la Iglesia a mantener y preservar la ortodoxia ante las diferentes ideas y herejías que se querían plantear sobre nuestro Redentor. Estos concilios son la muestra de que no todo vale, y de que la doctrina y la teología sí son importantes para la vida diaria cristiana, puesto que la persona de Cristo no cambia porque pensemos de forma inadecuada sobre él, sin embargo, lo que sí que cambia es la realidad de creer relacionarnos con alguien a quien no conocemos, ni entendemos, o todavía peor, que nuestra razón o error han inventado. Dios no es quien nuestra mente dice que es, Dios es quien su Palabra dice que Él es, puesto que es su revelación al hombre, no la nuestra. Del mismo modo, estos concilios también son la muestra histórica de cómo el paso de los años fue provocando un gran desgaste en la sencillez y vida piadosa de la Iglesia, que terminó por afrontar sus debates teológicos desde una perspectiva política, en lugar de bíblica.
BIBLIOGRAFÍA
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Pikaza, Xabier. Curso de Teología patrística, Historia y Doctrina de los Padres de la Iglesia. Terrassa: Editorial Clie, 2023.
[1] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1992), 253
[2] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1992), 254
[3] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1992), 258
[4] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 173
[5] Xabier Pikaza, Curso de Teología patrística, Historia y Doctrina de los Padres de la Iglesia (Terrassa: Editorial Clie, 2023), 152
[6] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 171
[7] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 171
[8] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 172
[9] Samuel Vila, El Cristianismo Evangélico a través de los siglos (Terrassa: Editorial Clie, 2010), 71
[10] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1992), 257
[11] Samuel Vila, El Cristianismo Evangélico a través de los siglos (Terrassa: Editorial Clie, 2010), 71
[12] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 174
[13] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 174
[14] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1992), 258
[15] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 174
[16] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 174
[17] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1992), 258
[18] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1992), 259
[19] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1992), 260
[20] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1992), 261
[21] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1992), 261
[22] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 289
[23] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 291
[24] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 291
[25] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 291
[26] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 292
[27] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 292
[28] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 293
[29] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 293
[30] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1992), 277
[31] Xabier Pikaza, Curso de Teología patrística, Historia y Doctrina de los Padres de la Iglesia (Terrassa: Editorial Clie, 2023), 181
[32] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1992), 277
[33] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1992), 337
[34] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 293
[35] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 294
[36] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 295
[37] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1992), 354
[38] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1992), 354
[39] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 296
[40] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 297
[41] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 297
[42] Justo L. González, Historia del Cristianismo, Tomo I (Miami: Editorial Caribe,1994), 298