Cristo el Sumo Sacerdote

INTRODUCCIÓN

En este trabajo de investigación he desarrollado la temática de Cristo como sumo sacerdote. La epístola a los Hebreos es, sin duda, el libro de toda la Biblia donde mayor referencia se hace a este oficio sacerdotal de Cristo por su pueblo. Por medio de los versículos clave presentes a lo largo de toda la epístola a los Hebreos he revisado cada uno de los puntos a destacar en el sacerdocio de Cristo incluyendo: (1) requisitos para el oficio del sacerdocio, (2) cualidades y tareas del sumo sacerdote, (3) las implicaciones y beneficios de que Cristo sea nuestro sumo sacerdote. Para ello, he utilizado diferentes comentaristas y autores bíblicos que arrojen luz y explicaciones debidas durante todo este trabajo.

Todos los textos utilizados en este trabajo son en la versión Reina-Valera de 1960 salvo que se indique lo contrario.

1. Requisitos para el oficio de sacerdocio

Para poder entender a Cristo como sumo sacerdote lo primero que se debe hacer es repasar qué requisitos se exigían para dicho oficio. Es el propio autor de Hebreos quien hace esta revisión del oficio sacerdotal a lo largo de su epístola para presentar posteriormente a Cristo como sumo sacerdote. Pues, como bien escribe Berkhof: «El Antiguo Testamento predice y prefigura el sacerdocio del Redentor futuro».[1]

1.1. Elegido y Llamado

¿Cómo se podía acceder al oficio de sumo sacerdote del pueblo de Israel? El escritor de Hebreos responde: «Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios» (He 5:4). Es decir, es Dios quien decide y elige quién es sumo sacerdote. Fue Dios quien escogió la casa de Aarón para consagrarla al sacerdocio: «Harás llegar delante de ti a Aarón tu hermano, y a sus hijos consigo, de entre los hijos de Israel, para que sean mis sacerdotes» (Ex 28:1). Por lo tanto, para ser parte de este oficio era necesario ser elegido y llamado por Dios: «Ningún hombre puede, por su propio acuerdo, establecerse como sumo sacerdote, ni puede mantener válidamente ese oficio por regalo de alguna autoridad terrenal».[2] Hodge añade:

La idea que subyace en la base a este oficio es que los hombres, siendo pecadores, no tienen libertad de acceso a Dios. Por ello, se debe designar a uno que tenga este derecho por sí mismo, o que le haya sido concedido, para que se acerque a Dios en favor de ellos.[3]

El autor de Hebreos argumenta sobre este llamamiento sacerdotal de Cristo con Salmos 2:7 y Salmos 100:4: «Así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy (…) Tú eres sacerdote para siempre, Según el orden de Melquisedec» (He 5:5-6). A este argumento de que es el Hijo, la segunda persona de la Trinidad, el elegido para mediar y oficiar como sumo sacerdote podrían añadirse el pactum salutis de Isaías 49: «Jehová me llamó desde el vientre (…) te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra (…) porque fiel es el Santo de Israel, el cual te escogió» (Is 49:1,6,7), o «Él edificará el templo de Jehová, y él llevará gloria, y se sentará y dominará en su trono, y habrá sacerdote a su lado; y consejo de paz habrá entre ambos» (Zac 6:13) y en otros muchos lugares.

Este ejemplo de la elección para el sacerdocio también es usado por el apóstol Pedro cuando habla de los creyentes como: «linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 P 2:9). Dicha elección de Dios no implicaba que las personas que realizaran dicho oficio fuesen más justas que los demás, sino que simplemente merecían un lugar de respeto y honor. Por eso, cuando el apóstol Pablo llama «pared blanqueada» (Hch 23:3) al sumo sacerdote Ananías, rápidamente pide disculpas al enterarse de quién era argumentando: «escrito está: No maldecirás a un príncipe de tu pueblo» (Hch 23:5). Por eso, el escritor de Hebreos después distinguirá cuánto mejor es Cristo como sumo sacerdote, pues él es el único merecedor de dicho oficio por su propia naturaleza y potencia.

1.2. Ungido

Otro requisito para ser sumo sacerdote era el de ser ungido: «Luego tomarás el aceite de la unción, y lo derramarás sobre su cabeza, y le ungirás» (Ex 29:7). Al igual que con los oficios de rey y profeta (los cuales también cumple Cristo), el ungimiento era necesario para iniciar dicho oficio sacerdotal. ¿Cuándo fue ungido Jesús como sumo sacerdote? En su bautismo. Cuando el Espíritu Santo descendió sobre él simbolizando el inicio de su ministerio y el ungimiento de lo alto a la edad de 30 años (Lc 3:22-23). Se descartarían otros ungimientos posteriores por medio de personas, puesto que Jesús mismo dijo que su cuerpo había sido ungido «para la sepultura» (Mr 14:8), y tampoco hay eventos previos particulares sobre Jesús siendo ungido por Dios antes del bautismo. William Hendriksen escribe: «Equipado y capacitado de este modo, él estaba en condiciones de llevar a cabo la dificilísima tarea que el Padre le había encomendado para hacer».[4] Y es que este debe ser el momento del ungimiento de Jesús como sacerdote como indica Clarke: «Esta era la edad (30 años) exigida por la ley, a la cual debían llegar los sacerdotes antes instalados en su oficio (Nm 4:3)».[5] Por eso, este ungimiento era por señal principalmente para aquel que preparaba el camino del ungido: Juan el Bautista, el cual había sido advertido por Dios: «sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo» (Jn 1:33) dando testimonio después de ver que el Espíritu Santo permanecía en él de que Jesús era el Hijo de Dios (Jn 1:34).

2. Cualidades y tareas del sumo sacerdote

Después de revisar los requisitos para ser sumo sacerdote cumplidos en Cristo, es necesario indagar en las cualidades que todo sumo sacerdote debía tener y cómo todas ellas simbolizaban el sacerdocio de Cristo.

2.1. Representante del pueblo ante Dios para expiación de pecados

El escritor de hebreos indica como parte fundamental del oficio de sumo sacerdote: «Porque todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere, para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados» (He 5:1). Es decir, el sumo sacerdote debía representar al pueblo delante de Dios para recuperar por medio de sacrificios y ofrendas la relación rota contra Dios por culpa del pecado. Barclay comenta: «En Israel, el sacerdote tenía que ofrecer sacrificios por los pecados del pueblo. El pecado interrumpía la relación con Dios y levantaba una barrera. Los sacrificios se ofrecían para suprimir esa barrera y restaurar la relación con Dios».[6] Esta representación se hacía de forma general durante todo el año por medio holocaustos, ofrendas de cereales, ofrendas de paz, ofrendas por el pecado y transgresiones. También, de forma particular en el Día de la Expiación (Yom Kipur) se realizaba un acto para la expiación de los pecados del pueblo. En este acto de celebración anual «el sumo sacerdote rociaba sangre sobre el arca del pacto. Este era el máximo rito de expiación».[7] Todo este sistema sacrificial relacionado con el sacerdocio es comparado con Cristo por el escritor de Hebreos, mostrando como su representación como sacerdote por nosotros es mejor por diferentes motivos: (1) Cristo no necesitaba expiar su propio pecado antes que expiar los nuestros (He 7:27). (2) Cristo se presentó en sacrificio una vez y para siempre consumando la obra de expiación de manera perfecta (He 9:28; 10:32). (3) Cristo rasgo el velo que nos separaba de Dios por su muerte en la cruz dándonos acceso directo al Lugar Santísimo que simboliza la presencia de Dios (He 10:19-21). Goodwin define el oficio de sumo sacerdote de la siguiente manera:

El oficio de sumo sacerdote no se ocupada propiamente de otra cosa. Si no hubiera habido un propiciatorio en el lugar santísimo, el sumo sacerdote no hubiera sido designado para entrar en él. Este oficio trataba de la misericordia, la reconciliación y la expiación de los pecadores, y esto mismo iba a oficiar el sacerdote en el propiciatorio.[8]

2.2. Intercesor por el pueblo

«Mas este, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos» (He 7:24-25). Otra tarea fundamental del sumo sacerdote judío era la de intercesor por el pueblo. Evidentemente la intercesión está directamente relacionada con su representación del pueblo ante Dios, pero debe distinguirse en cuánto a que la disposición del sumo sacerdote para con los pecadores debe ser la de interceder por ellos ante Dios. Es decir, se ocupaba y preocupaba de la condición espiritual del pueblo. Cristo cumple a la perfección esta tarea sacerdotal durante todo su ministerio en la tierra. Quizás el mayor ejemplo de todos sea el capítulo 17 de Juan, cuando intercedió sacerdotalmente por su discípulos (Jn 17:15) extendiendo su oración por todos los que creerían: «Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos» (Jn 17:20). Y este ruego no ha terminado, sino que Cristo sigue cumpliendo dicha tarea en los cielos a la diestra del Padre (Ro 8:34). Por eso, el escritor de hebreos lo llama «misericordioso y fiel sumo sacerdote» (He 2:17). Y es que, «mientras continúe en ese lugar (el cielo), e investido con ese oficio, como lo hace siempre, su corazón debe continuar necesariamente lleno de ternura y de entrañas».[9] Berkhof añade:

La obra sacerdotal de Cristo no está limitada a la ofrenda sacrificatoria que hizo de sí mismo en la cruz (…) Cristo no es únicamente un sacerdote terrenal, sino también, y en forma singular, un sumo sacerdote celestial. (…) Él es ahora el sacerdote sobre su trono, nuestro intercesor con el Padre.[10]

2.3. Compasión por el pecador

«Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (He 4:15). Sería obvio deducir que un sumo sacerdote humano se puede compadecer del resto de mortales en cuanto a su naturaleza caída e impiedad, pues él es uno más de ellos. Sin embargo, esta explicación del escritor de Hebreos se antoja necesaria para comprender el afecto y corazón de Cristo, que es sin pecado, para con los pecadores. Puesto que, cuando el Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros, tomando forma de siervo y hecho semejante a los hombres (Jn 1:14; Fil 2:7), no fue ajeno a nuestra condición, sino que fue expuesto a la tentación, dolor y sufrimiento que todo ser humano padece en esta vida. Goodwin señala comentando este versículo: «La palabra que se usa es una palabra profunda: sympathesai. Él sufre por nosotros; es tan tierno en sus entrañas como siempre lo fue, de tal forma que se compadece de nosotros».[11] Y es que, en Cristo su compasión por el pecador excede todo entendimiento: «Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro 5:6-8). Pues el corazón del evangelio no es que el justo viniese a salvar a justos, sino a pecadores (Lc 5:32). «Porque por más pecadores que seamos por culpa nuestra, no dejamos de ser criaturas suyas (…) por eso se siente por el puro y gratuito amor que nos tiene, a admitirnos en su gracia y favor».[12]

2.4. Humildad en el ejercicio de su oficio

El escritor de Hebreos muestra el camino de humildad y paciencia que el sumo sacerdote judío debía mostrar en su oficio: «Para que se muestre paciente con los ignorantes y extraviados, puesto que él también está rodeado de debilidad y por causa de ella debe ofrecer por los pecados, tanto por sí mismo como también por el pueblo» (He 5:2-3). El motivo es que, para no exaltarse de su propio oficio y olvidar que había sido elegido por Dios, el propio sacerdote pecador entendía cuán débil era ante Dios por su propia condición de pecador cada vez que hacía sacrificios por su propio pecado, y cuánta gracia y misericordia necesitaba para poder ejercer dicho oficio para con el pueblo.

En este sentido, Cristo no cumple con esta premisa puesto que él es sin pecado. Sin embargo, esto no impide que Cristo haya sido perfeccionado en obediencia en su vida aquí en la tierra, o que no haya sufrido por habitar entre nosotros, más bien todo lo contrario. Porque se requiere mucha más humildad y paciencia siendo perfecto y justo en medio de pecadores e injustos, que ser un pecador más instituido para ser representante del pueblo ante Dios. Por eso, el escritor de Hebreos continúa: «Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen» (He 5:8). Por lo tanto, el ministerio sacerdotal de Jesús no es figurativo, o lejano, sino real y cercano a nuestra propia miseria. Por eso, Isaías describe a Cristo como el siervo sufriente (Is 53:1-12). Con razón Jesús exclamó tras su transfiguración: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar?» (Mt 17:17). Sin embargo, estas palabras deben ser entendidas bajo su afirmación: «aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11:29) y, es que, cuánto más revelaba quién era más oposición había contra él (Jn 3:19).

Revisando todos los requisitos, cualidades y tareas de sumo sacerdote se debe concluir en la misma afirmación que Grudem: «Jesús cumplió con todas las expectativas que fueron prefiguradas, no solo por los sacrificios del Antiguo Testamento, sino también por medio de la vida y las acciones de los sacerdotes que los ofrecían».[13]

3. Cristo nuestro sumo sacerdote

Tras ver el cumplimiento de los requisitos y cualidades del oficio de sumo sacerdote en Cristo, ahora quiero centrarme en las ventajas que Cristo proporciona como único sumo sacerdote perpetuo, ya «que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo» (He 7:27). Pues dicho oficio sacerdotal en el Antiguo Testamento no era más que un símbolo del verdadero oficio dado por Dios a su Hijo como Mediador entre Dios y los hombres.

3.1. Melquisedec como tipo de Cristo

«Y fue declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec» (He 5:10). Una de las preguntas a las que el escritor de Hebreos debe responder a judíos creyentes al presentar a Cristo como verdadero y único sumo sacerdote es «que nuestro Señor vino de la tribu de Judá, de la cual nada habló Moisés tocante al sacerdocio» (He 7:14). Para ello el escritor acude a una revelación profunda presente en las Escrituras, mostrando su conocimiento y entendimiento del Antiguo Testamento y cómo está siendo inspirado por el Espíritu Santo cuando escribe esta epístola. Dicha revelación es: «Juró Jehová, y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre Según el orden de Melquisedec» (Sal 110:4).

Puesto que el sacerdocio de Cristo es presentado por parte del escritor de Hebreos como inmutable y eterno, dicho sacerdocio debe tener testimonio en el Antiguo Testamento antes de la ley de Moisés y por medio de algún tipo o figura de Cristo que refleje dichas características de su sacerdocio. Es por medio de este Salmo de David, como ocurre con otros salmos mesiánicos, que el escritor de Hebreos enlaza el tipo: Melquisedec, con la persona: Cristo. Al cual describe como: «rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, que salió a recibir a Abraham que volvía de la derrota de los reyes, y le bendijo a quien asimismo dio Abraham los diezmos de todo; cuyo nombre significa primeramente Rey de justicia, y también Rey de Salem, esto es, Rey de paz; sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre» (He 7:1-3). Ante todas estas evidencias que presenta el escritor de Hebreos Bruce añade:

Resulta notable que una de las cosas que se dice de Melquisedec en la narración del Génesis es pasada por alto por nuestro autor, sin mencionarla: el hecho de que Melquisedec le haya dado pan y vino a Abraham para que se refrescara. ¡Pocos tipologistas del cristianismo primitivo o de épocas más recientes hubiesen resistido a una oportunidad tan obvia de extraer una inferencia eucarística de estas palabras![14]

De esta manera el escritor de Hebreos responde todas las posibles objeciones judaicas con respecto al sacerdocio de Cristo.

3.2. La persona y naturaleza del Mediador

«Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas» (He 8:6). El escritor de Hebreos presenta a Cristo como verdadero Mediador entre Dios y los hombres. El apóstol Pablo lo expresa de la siguiente manera: «Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Ti 2:5). Lo que se señala en estos textos es que solo Cristo es la persona del Mediador y solo él puede y debe oficiar como sacerdote por los pecados. Por eso, se entiende que el Verbo viniese a la tierra. Puesto que un mediador debe ser partícipe de ambas naturalezas a las que representa, en este caso Dios y el hombre, el Verbo fue hecho carne (Jn 1:14). No fue hecho ángel, ni otra criatura, sino que fue encarnado. El escritor de Hebreos lo expresa de la siguiente forma: «Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo» (He 2:17). No niego aquí que el Verbo (Cristo preencarnado) fuese la persona Mediador antes de su encarnación, afirmo que para realizar su obra de mediación por el hombre debía ser encarnado. No era suficiente con que fuese Dios en la eternidad, sino también era necesario que fuese hombre para morir en propiciación por nuestros pecados, puesto que «sin derramamiento de sangre no se hace remisión» (He 9:22). Con razón Pedro escribe: «sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros» (1 P 1:18-20). La mediación de Cristo como Sacerdote por su pueblo se debe entender como Aquel que puede mediar y presentarse delante de Dios por nosotros. Como escribe Agustín:

Por eso convino que el mediador entre nosotros y Dios tuviera una mortalidad transeúnte y una bienaventuranza permanente y extensiva por los siglos de los siglos, para que con lo mismo que pasa y es puramente temporal se acomodara a la suerte de los que deben morir, y de muertos los lleve a la posesión perpetua de la patria celestial.[15]

3.3. La persona del Mediador como Sumo Sacerdote

No solamente debemos comprender la naturaleza de la persona del Mediador, sino cómo Cristo ejerció dicha mediación por nosotros delante de Dios. El escritor de Hebreos escribe que fue «hecho sumo sacerdote para siempre» (He 6:20).

Dios, en cuanto que es Juez, está airado con nosotros, es necesario para aplacar la ira de Dios, que intervenga como Mediador un sacerdote que ofrezca un sacrificio por el pecado. Por eso Cristo, para cumplir con este cometido, se adelantó a ofrecer su sacrificio. (…) Porque, ni por nuestros ruegos ni oraciones tenemos entrada a Dios, si primero no nos santifica el Sacerdote y nos alcanza la gracia, de la cual la inmundicia de nuestros pecados y vicios nos separa.[16]

Debe distinguirse aquí entre el oficio de Profeta y de Sacerdote de Cristo: «El profeta fue designado para ser representante de Dios ante el pueblo (…) el sacerdote, por otra parte, era el representante del hombre ante Dios».[17] Como he dicho antes, Cristo cumple los dos, pero el oficio al que el escritor de Hebreos se refiere con estos versículos es al de Sacerdote. Y es que como Sacerdote y Mediador Cristo obtuvo todo tipo de beneficios: (1) nuestra reconciliación con el Padre (2 Co 5:19), (2) remisión de pecados (Ro 3:24-25), (3) redención eterna (He 9:12) y (4) justicia y vida eternas (Dn 9:24). Como escribe Arminio: «Todas estas bendiciones fluyen realmente de las funciones sacerdotales de Cristo, porque ha ofrecido a Dios el verdadero precio de la redención por nosotros».[18]

3.4. Un mejor sacerdote que los de la ley

«Porque cambiado el sacerdocio, necesario es que haya también cambio de ley» (He 7:12). Dicho de otra manera: «los sacerdotes del Antiguo Testamento no eran realmente sacerdotes, excepto en un sentido típico».[19] Es decir, lo que el propio escritor de Hebreos comienza a desarrollar en su epístola a creyentes judíos con ciertos riesgos a volver a judaizarse es recordarles que la ley y la revelación del Antiguo Testamento eran «figura y sombra» (He 8:5) y «sombra de los bienes venideros» (He 10:1) de la revelación de Dios por medio de Cristo y su obra por los pecadores. Y es que el evangelio está presente en toda la Escritura, pero es amplificado con la venida de Cristo. Pues lo que antes se instruía de parte de Dios por medio de ceremonias como rudimentos se manifestó mucho más claramente por medio de Cristo. Por eso, el escritor de Hebreos comienza su epístola diciendo: «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» (He 1:1-2). Y por eso, en este versículo se afirma que por Cristo se ha cambiado la ley. No negando el evangelio en el antiguo pacto, sino afirmando «que el sacerdocio levítico, en el cual unos sacerdotes se sucedían a otros, queda abolido»[20] con la llegada del verdadero Sumo Sacerdote: Cristo. ¿Y qué más tendría que hacer Dios para evidenciar su abolición del sacerdocio judío que trayendo la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C. y sepultando el sistema sacrificial judío hasta el día de hoy? Por medio de esta explicación el escritor de Hebreos comienza a aclarar cuán mejor es el nuevo pacto en Cristo, puesto que su oficio como Sacerdote es real, completo e inmutable por el pecador, a diferencia que la sombra del sacerdocio del Antiguo Testamento: (1) «Y los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar; mas este, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable» (He 7:23-24) y (2) «Se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado» (He 9:26), recalcando que la expiación, intercesión y mediación de Cristo como sumo sacerdote es permanente. Hodge resume de esta manera las ventajas de Cristo como Sacerdote:

(1) Ningún hombre más que el Señor Jesucristo tiene libertad de acceso a Dios (…) (2) Ningún otro sacrificio podía quitar el pecado. (3) Es sólo por medio de Él que Dios es propicio a los hombres pecadores. (4) Es sólo por medio de Él que los beneficios que se derivan del favor de Dios son comunicados a Su pueblo.[21]

3.5. El que ofrece y el que se ofrece

«Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo» (He 7:26-27). Nuevamente el escritor de Hebreos nos presenta una profunda revelación en el oficio sacerdotal de Cristo: «Él (Cristo) fue a la vez el sacrificio y el sacerdote que ofrecía el sacrificio».[22] El apóstolo Pablo confirma esta doctrina: «así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5:25), al igual que Pedro: «quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (1 P 2:24) y Juan: «porque él puso su vida por nosotros» (1 Jn 3:16). Y es que ninguno de los cuatro autores dice más de lo que el propio Jesús dijo: «Yo soy el buen pastor: el buen pastor su vida da por las ovejas (…) porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, mas yo la pongo de mí mismo» (Jn 10:11,17,18). Y es que, nuestro Sacerdote también fue nuestro Sustituto. El motivo de que Jesús tuviera que ser Sacerdote y Sacrificio es explicada por Calvino con precisión:

Bajo la Ley Dios había mandado que se le ofreciesen sacrificios de animales; pero con Cristo el procedimiento es diverso, y consiste en que Él mismo sea sacerdote y víctima, puesto que no era posible hallar otra satisfacción adecuada por los pecados, ni se podía tampoco encontrar un hombre digno para ofrecer a Dios su Unigénito Hijo.[23]

Por eso cuando Cristo dijo: «consumado es» (Jn 19:30), no era sino la confirmación de que el Sustituto y Sacerdote (Cristo) había hecho su obra.

3.6. La consumación de su oficio

Para cerrar con su argumentación el escritor de Hebreos habla del respaldo divino hacia nuestro Sumo Sacerdote: Cristo, al estar sentado a la diestra del Padre: «Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos» (He 8:1). Este es el hecho principal del respaldo del sacerdocio de Cristo. No solo su llamamiento, sino su autoridad divina; puesto que esta realidad de estar sentado en el trono celestial revela a Jesús: (1) superior al resto de sumo sacerdotes humanos, (2) demuestra que su sacrificio ha sido eficaz para satisfacer la justicia de Dios al ser acepto delante de su presencia, (3) que su poder está sobre toda la creación incluidos principados, potestades y ángeles, (4) que el velo ha sido rasgado y que ofrece intercesión por nosotros a diario, no una vez al año de forma puntual como los otros sumo sacerdotes.

Como expresa Berkhof:

Necesitamos no sólo un Salvador que haya completado una obra objetiva para nosotros en el pasado, sino también uno que diariamente esté ocupado en asegurar para los suyos la aplicación subjetiva de los frutos del sacrificio cumplido (…) Sus oraciones intercesoras por su pueblo están basadas en su obra expiatoria; Él ha merecido todo lo que pide y en ello descansa la seguridad de que sus oraciones son efectivas.[24]

CONCLUSIÓN

Cristo es presentado como Sumo Sacerdote de forma única en la epístola a los Hebreos. Podría decirse que gran parte del contenido de esta carta se centra en demostrar bíblicamente y esclarecer cuán importante es el oficio de sacerdocio de Cristo. Para ello, el escritor de Hebreos repasa los requisitos, cualidades y tareas del oficio sacerdotal aplicando todas ellas a Cristo, para posteriormente, mostrar cuán mejor sacerdocio se nos brinda por Aquel que no «tiene principio de días, ni fin de vida» (He 7:3). Puesto que todo el Antiguo Testamento y el sistema sacrificial eran un símbolo de la obra expiatoria de Cristo, que según el orden de Melquisedec constituyó su sacerdocio eterno y permanente cuando fue encarnado para ser mediador entre Dios y los hombres. La persona del Mediador tomó el oficio de sacerdocio para no solamente presentar ofrenda y sacrificio agradable delante de Dios en reconciliación por nuestros pecados, sino sabiendo que Él mismo se presentaría como ofrenda y sacrificio una vez y para siempre delante de Dios en propiciación por nuestros pecados. No entender el oficio sacerdotal de Cristo es no entender su expiación, sustitución, intercesión y mediación. Por eso, es de vital importancia conocer a Aquel que «puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos» (He 7:25).

BIBLIOGRAFÍA

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[1] Louis Berkhof, Teología Sistemática (Michigan: T.E.L.L., 1988), 430

[2] F.F. Bruce, La epístola a los Hebreos (Gran Rapids: Nueva Creación, 1987), 92

[3] Charles Hodge, Teología Sistemática, Volumen II (Terrasa: Editorial Clie, 1991), 149

[4] William Hendriksen, Comentario al Nuevo Testamento: El evangelio según San Lucas (Gran Rapids: Libro Desafío, 2002), 170

[5] Adam Clarke, Comentario de la Santa Biblia, Tomo III: Nuevo Testamento (Kansas: Casa Nazarena de Publicaciones, 2014), 115

[6] William Barclay, Comentario al Nuevo Testamento, Tomo XIII: Hebreos (Terrasa: Editorial Clie, 2012), edición PDF, 20

[7] J.I. Packer y M.C. Tenney, Usos y costumbres de la Biblia, Manual Ilustrado (Nashville: Grupo Nelson, 2014), 404

[8] Thomas Goodwin, El corazón de Cristo en los cielos hacia los pecadores en la tierra (Lima: Teología para vivir, 2023), 100

[9] Thomas Goodwin, El corazón de Cristo en los cielos hacia los pecadores en la tierra (Lima: Teología para vivir, 2023), 99

[10] Louis Berkhof, Teología Sistemática (Michigan: T.E.L.L., 1988), 475

[11] Thomas Goodwin, El corazón de Cristo en los cielos hacia los pecadores en la tierra (Lima: Teología para vivir, 2023), 65

[12] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, Tomo I, Libro II, Cap. XVI (Barcelona: Felire, 2019), 436

[13] Wayne Grudem, Teología Sistemática (Nashville: Editorial Vida, 2020), 787

[14] F.F. Bruce, La epístola a los Hebreos (Gran Rapids: Nueva Creación, 1987), 137

[15] Agustín de Hipona, Ciudad de Dios, Libro IX (Madrid: Apostolado de la Prensa, 1944), 318

[16] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, Tomo I, Libro II, Cap. XV (Barcelona: Felire, 2019), 432

[17] Louis Berkhof, Teología Sistemática (Michigan: T.E.L.L., 1988), 429

[18] Jacobo Arminio, Declaración de sentimientos y disputas públicas, Ed. Jaime D. Caballero (Lima: Teología para vivir, 2021), 318

[19] Charles Hodge, Teología Sistemática, Volumen II (Terrasa: Editorial Clie, 1991), 151

[20] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, Tomo I, Libro II, Cap. XI (Barcelona: Felire, 2019), 386

[21] Charles Hodge, Teología Sistemática, Volumen II (Terrasa: Editorial Clie, 1991), 151

[22] Wayne Grudem, Teología Sistemática (Nashville: Editorial Vida, 2020), 787

[23] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, Tomo I, Libro II, Cap. XI (Barcelona: Felire, 2019), 433

[24] Louis Berkhof, Teología Sistemática (Michigan: T.E.L.L., 1988), 481

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