
LAS CINCO SOLAS
Trayendo a la memoria la Reforma protestante
La Reforma protestante no es solamente la base de la teología reformada, tampoco es un mero hecho histórico carente de valor para los creyentes evangélicos de hoy. La Reforma es el punto de no retorno entre la falsa religión y las obras muertas, y la “verdadera religión” (Stg 1:27) y la fe que actúa. No escribo estas líneas para abrir ningún debate doctrinal, ni tampoco para hablar con nostalgia de épocas pasadas.
No importa que corriente denominacional hayas heredado o recibido. No importa en qué iglesia te congregues. No importa lo que digas ser. Simplemente te expongo la base del evangelio por medio de las cinco solas de la Reforma. No se formularon como tal por ninguno de los grandes reformadores, sin embargo, están presentes en la base de su defensa de la fe cristiana. Estas cinco solas fueron el punto de no retorno del pueblo de Dios ante el peligro del secularismo, las obras muertas, el enriquecerse por medio de la religión, la falsa doctrina y la falta de temor de Dios, ¿te suena ese diagnóstico?
Si abrazas las cinco solas abrazas el evangelio de Jesucristo. Si vives las cinco solas vivirás como Dios quiere que vivas. Todo verdadero creyente las vive, aunque quizá no las cite. Todo creyente redimido por la sangre de Jesucristo afirma estas cinco solas sin miramientos. Pues sólo por medio de la Biblia (Sola Scriptura) podemos afirmar: Soy salvo por la gracia de Dios (Sola Gratia) por medio de la fe (Sola Fide) en Jesucristo (Solus Christus); y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe (Soli Deo Gloria). (Ef 2:8-9).
Sola Scriptura
Las Escrituras son la Palabra de Dios, el Espíritu Santo “inspiró” a cada uno de sus autores para comunicar la verdad y voluntad de Dios por medio de su Palabra. En nuestro credo de iglesia afirmamos:
Creo en la divina inspiración de las Sagradas Escrituras y, por lo tanto, en su credibilidad total, suprema autoridad y sabiduría en todo lo que atañe a la fe y a la conducta, siendo dichas Escrituras la única regla común, inerrante, clara, necesaria, suficiente y en armonía de todo conocimiento, fe y obediencia para salvación del ser humano.
Una persona que no cree en la Palabra de Dios no es creyente. Una persona que subordine la Escritura a alguna autoridad humana vive cegado ante la revelación de Dios. Él ha decidido revelarse al ser humano por medio de su Palabra dejándola por escrito para que dicha revelación sea común a todos por igual. Negar dicha autoridad y revelación sería negar que Dios se comunica de forma especial para salvación al ser humano. Por medio de la Palabra todo fue creado (Gn 1:3, Jn 1:3), por medio de la Palabra Dios se revela al ser humano (He 1:1-3, 2 Ti 3:15:17), por medio de la Palabra encarnada Dios redime al ser humano (Jn 1:14). Teniendo clara la autoridad y revelación máxima de la Palabra de Dios, toda idea, pensamiento, “sentir”, o propósito del creyente será sometido al escrutinio y examen de la Escritura y, por medio de ella, serán reveladas las verdaderas sus verdaderas intenciones (He 4:12).
Solus Christus
La revelación principal de Dios al ser humano es Cristo. La Escritura es Cristocéntrica, esto no es de extrañar, ya que quien inspiró la Escritura es Cristocéntrico (Jn 16:14). La salvación sólo es por medio de Jesucristo, no hay otro camino, ni otra verdad, ni otra vida, nadie va al Padre sino es por medio de él (Jn 14:6). En nuestro credo de iglesia afirmamos:
Creo en la promesa dada por Dios al ser humano para redimirlo de dicha condición pecaminosa y que el cumplimiento de dicha promesa fue en Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, en su sacrificio vicario como propiciación ante Dios para reconciliarnos con Él.
Creo que Jesucristo es el único fundamento suficiente de redención y salvación de la culpabilidad y del poder del pecado, así como de sus consecuencias eternas, siendo el único mediador entre Dios y el ser humano.
“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch 4:12).
Sola Gratia
Dios nos salva por su sola gracia y por el puro afecto de su voluntad. Porque Él así lo ha querido, no porque hubiese ninguna virtud en nosotros, puesto que en nosotros solo había maldad y pecado. El motivo de nuestra salvación no son nuestros méritos, sino los méritos de Cristo en su encarnación, vida, muerte, resurrección y glorificación. En nuestro credo de iglesia afirmamos:
Creo en la soberanía y gracia de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo en la creación, la providencia, la revelación, la redención y el juicio final.
La justificación del pecador es solamente por la gracia de Dios.
Todo es por su gracia. Existimos por su gracia, vivimos por su gracia, pensamos por su gracia, trabajamos por su gracia, nos alimentamos por su gracia, formamos un hogar por su gracia y, desde luego, somos salvos por su gracia. No hay ningún mérito humano en su existencia, ni tampoco lo hay en su redención y justificación delante de Dios. Como el apóstol Pablo podemos decir: “por gracia somos salvos” (Ef 2:8) y con doble énfasis “siendo justificados gratuitamente por su gracia” (Ro 3:24).
Sola Fide
¿Cómo puedo ser partícipe de esta gracia salvífica? ¿cuál es el don que Dios ha querido brindarnos para ser reconciliados con Él en Cristo? La fe de Dios y en Dios. Por medio de la sola fe en Aquel que fue “nuestro pecado para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co 5:21) podemos ser justificados. La fe no nos salva en sí misma. Es Cristo quien nos salva y por medio de la fe podemos ser partícipes de dicha salvación. La fe nos une a la obra de Cristo y nos hace permanecer en él. En nuestro credo de iglesia afirmamos:
La justificación del pecador es solamente por la gracia de Dios, por medio del arrepentimiento de sus pecados y fe en la obra de Jesucristo crucificado y resucitado de los muertos para salvación.
“Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (He 11:6).
Soli Deo Gloria
¿Cuál es el propósito de esta obra de redención de Dios por el ser humano?, ¿cuál es el motivo? El ser humano fue creado para la gloria de Dios, sin embargo, la caída del hombre ha truncado dicho propósito. El pecado nos ha alejado de nuestra razón de ser. El summum bonum, el bien supremo por el cual Dios creó al ser humano no es ser felices, tampoco ser ricos, ni vivir muchos años, ni tener salud o reconocimientos humanos. Nuestro bien supremo como seres humanos es la gloria de Dios. Sólo cuando el ser humano cumple con este propósito puede ser feliz. El secreto de la felicidad no es buscarla hasta creer encontrarla. El secreto de la felicidad humana es buscar la gloria de Dios y no la suya propia. En nuestro credo de iglesia afirmamos:
Creo en un solo Dios, el único viviente y verdadero. Existe por sí mismo, es infinito y eterno en su ser y perfecciones, todopoderoso, omnisciente y omnipresente. Solo Él es santo, inmutable, sabio, absoluto, soberano y que hace todas las cosas según el consejo de su propia voluntad y para su propia gloria, la cual no comparte y sólo Él merece.
Las cuatro primeras solas nos hablan de lo que Dios ha hecho por nosotros. Él se revela a nosotros, Él se hizo carne por nosotros para redimirnos, Él nos salva por su gracia, Él nos da la fe, pues es don de Dios; no por obras para que nadie se lleve su gloria. Todo el mérito de Dios, nosotros sólo hemos aportado nuestro pecado a esa cruz. Sin embargo, hay algo que sí debemos hacer. Hay algo que sí podemos hacer en este despliegue de amor de Dios al pecador, en esta insondable obra que difícilmente podemos explicar. Ante semejante gracia inmerecida, ante semejante amor divino por un vil pecador, tú y yo debemos darle toda la gloria a Dios.
Que podamos decir: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (Ro 11:33-36).
Por eso, un creyente, un hijo de Dios, un coheredero con Cristo, es capaz de dar toda la gloria a Dios en todo instante de su vida. En los momentos trascendentes y cotidianos, en decisiones relevantes e insignificantes, en pruebas gigantes o livianas. Nuestro estándar en la vida, nuestro propósito debe ser dar la gloria a Dios. Por eso “si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Co 10:31). Un creyente no firma con sus iniciales, tampoco firma con su nombre propio. La mejor rúbrica a cualquier acción o palabra que podemos hacer como hijos de Dios es SDG.
¡Soli Deo Gloria!
- Ps David Gómez