El carácter universal del Decálogo

INTRODUCCIÓN

En este ensayo abordare los Diez Mandamientos, popularmente conocidos como el Decálogo, desde una panorámica práctica de la vida cristiana. Comenzaré con una breve introducción general de las implicaciones de los Diez Mandamientos en su contexto (pueblo de Israel), sus diferencias con respecto a otros pueblos de esa misma época, y su posible división por contenido. Después, realizaré una revisión específica de cada uno de los mandamientos estableciendo su orden natural en la lectura del texto bíblico de Éxodo 20:2-17 y dividiendo cada mandamiento en el orden planteado por Calvino y la Teología Reformada, a diferencia que otras divisiones y ordenes posibles como los propuestos a lo largo de la historia por Filón de Alejandría, Agustín de Hipona, Lutero, la Septuaginta, el Catecismo de la Iglesia Católica o el Talmud. Como cierre a este ensayo plantearé la repercusión de dicho Decálogo en tres contextos diferentes: la sociedad actual, la iglesia actual y en mí mismo.

Todos los textos bíblicos aportados son en la versión Reina-Valera de 1960 salvo que se indique lo contrario.

1. Visión general

En la Biblia se especifican los Diez Mandamientos (Decálogo) en dos ocasiones: Éxodo 20:2-17 y Deuteronomio 5:6-21. Si bien hay diferencias históricas en la definición de estos diez mandamientos, todas ellas concuerdan en que son diez y en su contenido salvo su comienzo: «Yo soy Jehová tu Dios» como parte o no del primer mandamiento. Todas las religiones que consideran el Antiguo Testamento como revelación divina (judaísmo, catolicismo, protestantismo y otros grupos), consideran los diez mandamientos como la ley moral de Dios, o los principios y base de la ley que Dios desarrollaría para el pueblo de Israel por medio de los diferentes preceptos levíticos, que eran mucho más detallados y concretos. En este Decálogo encontramos el corazón de la ley de Dios al ser humano.

1.1. Contexto e importancia

Estos mandamientos son dados por Dios después de haber libertado al pueblo de Israel de Egipto. De hecho, es el evento que Dios les recuerda al comenzar el Decálogo: «Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre» (Ex 20:2) y el motivo que Dios tiene para presentar y mostrar sus mandamientos a su pueblo es un acto de misericordia y amor hacia su pueblo: «y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos» (Ex 20:6).

Dios no solamente había librado al pueblo de Israel de Egipto si no que lo estaba sosteniendo con mano poderosa y sobrenatural en su salida y ahora en su caminar hacia Canaán. Israel ya había sido provista de maná del cielo (Ex 16) y de agua de la roca (Ex 17), sin embargo, vemos que Moisés debe nombrar a jueces y mediadores de entre el pueblo para que puedan ayudarle en su labor legislativa (Ex 18). La pregunta es sencilla, si el pueblo está siendo organizado y ordenado para recibir justicia ¿qué justicia debía aplicarse? En este punto el pueblo llega a Sinaí y Dios revela su ley a su pueblo. El pueblo no debía depender de una revelación particular para dictar la justicia divina por medio de Moisés o el consejo de un juez humano, sino que el pueblo debía aplicar la ley de Dios revelada a todos ellos. A diferencia que el resto de los preceptos dados por Dios a su pueblo, este Decálogo es dado por Dios de forma singular:

Los Diez Mandamientos fueron pronunciados por Dios en una voz audible, con los temibles aditamentos de las nubes y la oscuridad, el trueno y el relámpago y el sonido de una trompeta, y fueron las únicas partes de la revelación divina así dichas, ninguno de los preceptos ceremoniales o civiles fue así distinguidos.[1]

1.2. La ley de otros pueblos

En el contexto de la época era habitual que los dioses influyeran de forma directa en la legislación y vida del pueblo que les rendía adoración. La diferencia sustancial entre la ley de Dios y la ley de otros dioses no es el origen (que un pueblo diga que sus dioses le dicen qué hacer), sino en el contenido de la ley dada por sus divinidades.

El pueblo de Israel sale de Egipto, una cultura politeísta donde sus leyes eran jerárquicas desde un único gobernador y hombre-dios: faraón, hasta el punto más bajo de la escala: los esclavos. En el texto bíblico se relata que faraón no tuvo escrúpulos de mandar matar a los niños judíos para que su población no se extendiera, sin embargo, las parteras egipcias tuvieron «temor de Dios» no temor a sus dioses para negarse a hacerlo: «Pero las parteras temieron a Dios, y no hicieron como les mandó el rey de Egipto, sino que preservaron la vida a los niños» (Ex 1:17).

Un caso similar ocurría en los pueblos de Canaán. Es Dios mismo quien advierte el doble motivo por el cual Israel poseería la tierra prometida en Deuteronomio 9:5: 

No por tu justicia, ni por la rectitud de tu corazón entras a poseer la tierra de ellos, sino por la impiedad de estas naciones Jehová tu Dios las arroja de delante de ti, y para confirmar la palabra que Jehová juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob.

No solamente los pecados de los pueblos de Canaán eran contrarios a la voluntad de Dios y su ley, sino que estos pueblos y sus dioses eran un riesgo de influencia idolátrica al propio pueblo de Israel: «En tu tierra no habitarán, no sea que te hagan pecar contra mí sirviendo a sus dioses, porque te será tropiezo» (Ex 23:33). No es de extrañar que el Decálogo comience recordando que Dios es el único Dios verdadero que merece adoración. Alguien podría argumentar que estos pueblos no conocían la ley de Dios, sin embargo, una lectura de Romanos 1 y 2 deja claro que todos los seres humanos tienen la ley de Dios «escrita en sus corazones» (Ro 2:15).

1.3. División posible del Decálogo

En el texto original no aparecen números sobre los «Diez Mandamientos», por lo que esta división es histórica y posterior al texto original. Del mismo modo, tampoco hay ningún énfasis interno en el texto que refleje subdivisiones posibles a dicho Decálogo. Sin embargo, son muchos los autores y comentaristas que valoran esta posibilidad. De todos los que he leído, destacaría la siguiente división:

En la Ley de Dios se nos ha dado una perfectísima regla de toda justicia, que podemos llamar con toda razón "la voluntad eterna del Señor", pues ha resumido plenamente y con claridad en dos Tablas todo lo que exige de nosotros. En la primera Tabla nos ha prescrito, en pocos mandamiento, cuál es el servicio que le es agradable a su Majestad. En la segunda, cuáles son las obligaciones de caridad que tenemos con el prójimo.[2]

A continuación, Calvino divide los mandamientos desde «Yo soy Jehová tu Dios» hasta «acuérdate el día de reposo» en la Primera tabla y desde «Honra a tu padre y a tu madre» hasta «no codiciarás» en la Segunda tabla.

2. Análisis de cada mandamiento

2.1. Primer mandamiento: Éxodo 20:2-3

Dios no permite adoración a ningún otro que no sea Él. El mandamiento es individual, dice «tú Dios», «te saqué», no debe entenderse como una pauta litúrgica o congregacional, sino un deber de cada creyente. Esto se confirma al decir «delante de mí», es decir, en todo momento y ocasión puesto que Dios es Omnipresente y Omnisciente y siempre estamos delante de Él. Salmos 139:1-2 y Jeremías 23:24 son ejemplos claros de esta verdad. Esto implicaba para el pueblo judío que todo «dios ajeno» de su paso por Egipto, o que todo «dios ajeno» cuando llegaran a Canaán no debía tener lugar en ningún área ni momento de sus vidas. Para confirmar este vínculo con su pueblo, Dios mismo recuerda que el había sacado de tierra de Egipto a cada hombre, mujer, niño y pieza de ganado.

2.2. Segundo mandamiento: Éxodo 20:4-6

Este mandamiento está relacionado con el primero. El primer mandamiento establece la elección del único Dios verdadero, el segundo mandamiento establece la adoración a Dios. Es Dios quien establece cómo debe ser adorado. Esto implica que no puede hacerse de maneras ilegítimas o no estipuladas por Él, sino sólo tal y como Él merece ser adorado. Curiosamente, este es el primer mandamiento quebrantado por el pueblo cuando Moisés desciende con las tablas de la ley y el pueblo ha construido dos becerros de oro atribuyendo a dichas imágenes la imagen del Dios verdadero. «Y viendo esto Aarón, edificó un altar delante del becerro; y pregonó Aarón, y dijo: Mañana será fiesta para Jehová» (Ex 32:5). Este mandamiento sobre la adoración era totalmente diferente a las costumbres de otros pueblos y sus formas de adorar a sus dioses. El Dios invisible no podía ser adorado con imágenes visibles.

2.3. Tercer mandamiento: Éxodo 20:7

Dios santifica (aparta) su propio nombre. La blasfemia, el voto en nombre de Dios de manera frívola, el falso juramento en nombre de Dios queda totalmente prohibido. El juramento por los dioses era algo habitual en la Antigüedad, sin embargo, Dios prohíbe realizar semejantes actos en su nombre y advierte de la consecuencia de hacerlo.

2.4. Cuarto mandamiento: Éxodo 20:8-11

En Éxodo, a diferencia que en Deuteronomio, se incluye la explicación de por qué es necesario guardar el día de reposo para el Señor. El principio revelado aquí es que Dios también es el Dios de nuestro tiempo, por lo tanto, en último termino es su tiempo. Este día «santificado» para Dios: (1) conmemora de la creación de Dios, (2) otorga descanso al ser humano para descansar de su trabajo y no oprimir al prójimo, (3) estipula que el ser humano debe trabajar, (4) brinda un tiempo apartado para Dios en el cual profesar adoración y culto a Dios como pueblo y (5) sirve «para que consideremos toda nuestra vida un "sábado", es decir, reposo continuo de nuestras obras, para que el Señor obre en nosotros por medio de su Espíritu»[3]. En el caso del pueblo judío se instituyó el sábado como día de reposo. Sobre la vigencia de este día de reposo en los términos practicados por el pueblo judío Calvino comenta:

Por esto ha sido abolido el día observado por los judíos (lo cual era útil para desarraigar la superstición), y se ha destinado para esta práctica otro día (lo cual era necesario para mantener y conservar el orden y la paz en la Iglesia).[4]

Es decir, el creyente actual guarda el día de reposo, pero no necesariamente debe ser en sábado.

2.5. Quinto mandamiento: Éxodo 20:12

La mayoría de las comentaristas coinciden aquí que este versículo no solamente se limita a padres y madres físicos, sino a cualquier persona que ejerce autoridad sobre el individuo. Esta «honra» debe ser siempre bajo la Ley de Dios, no en contra de ella, en este caso debe primar nuestra honra a nuestro Padre en los cielos. Este mandamiento implicaba al pueblo de Israel sujetarse a las personas que Dios había puesto en autoridad sobre ellos. Es habitual ver la rebeldía del pueblo para con Moisés y las consecuencias nefastas de dicha actitud (Nm 14; Nm16). Enseñanzas como la de Pablo en Romanos 13 o Pedro en 1 Pedro 2:11-25 respaldan este mismo principio.

2.6. Sexto mandamiento: Éxodo 20:13

El principio de este mandamiento se encuentra desde el primer asesinato de la historia: «Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano» (Gn 4:11). Ya antes del Decálogo, Dios advierte que «la sangre» representa «la vida» dada por Dios (Gn 9:1-6) y que queda prohibido quitar la vida a otra persona, el motivo es «porque a imagen de Dios es hecho el hombre» (Gn 9:6b). Es decir, es un atentado contra el Dios creador quitar la vida que él otorgó a otro semejante. Muchas personas no entienden como lidiar con este mandamiento y con la realidad de que Dios ordene al pueblo de Israel matar a personas. Se debe entender este mandamiento en términos de justicia e injusticia delante de Dios:

No siempre que se mata a un hombre es asesinato. No es asesinato cuando se ejecuta justicia, esto es, cuando el magistrado sentencia a un asesino, porque el magistrado está investido con la autoridad legal para ejecutar a los infractores capitales (…) Tampoco se acusa de asesinato cuando se derrama sangre en una guerra justa.[5]

Es curioso que en Lucas 3:14 el consejo de Jesús a unos soldados que le preguntan no es que dejen su profesión porque es ilegítima, su consejo es: «No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario». Ahora bien, debe ser Dios y no nosotros mismos los que estipulemos lo que es un juicio o guerra justa.

2.7. Séptimo mandamiento: Éxodo 20:14

Dios ubica la relación íntima entre el hombre y la mujer en el marco del matrimonio. No todas las culturas tenían consideración del matrimonio como el marco legítimo para la procreación. También era habitual que en los cultos a los dioses la fornicación y los actos sexuales fueran comunes incluso en padres o madres. Dios limita, por lo tanto, el acto sexual entre un hombre y una mujer a un vínculo sagrado y acuerdo de ambas partes en sus deberes comunes como un nuevo hogar y núcleo familiar. La santidad no solo debía afectar al Tabernáculo de reunión, o al día de reposo durante la semana, sino también al hogar y a la familia.

2.8. Octavo mandamiento: Éxodo 20:15

El robo no solamente era un acto de codicia o envidia para con el prójimo, sino que era un acto de ingratitud con lo que Dios da a cada uno. Es no estar contentos «con lo que tenemos ahora» (He 13:5), es no haber entendido que «mi porción es Jehová» (Lm 3:24). Dios deja claro a su pueblo que todo lo que ellos van a poseer Dios es quien se lo da. Por lo tanto, no es de su pertenencia, ellos jamás lo podrían haber obtenido por sus propias fuerzas. En este sentido robar al prójimo es robar a Dios mismo.

2.9. Noveno mandamiento: Éxodo 20:16

Uno de los pretextos para robar, matar o incluso ser infiel es el «falso testimonio». Es decir, la acusación contra otro que aligere la conciencia para tratarlo de manera desleal o impropia. Por eso, este noveno mandamiento descarta cualquier intención injusta o innoble por parte de alguien para con su prójimo. Si no se permite el falso testimonio quiere decir que sólo es permitido vivir en la verdad de Dios y, por lo tanto, cuando la justicia sea impartida será delante de la verdad. Este mandamiento regula la relación con las demás personas de una misma sociedad o pueblo y cómo debe ser la actitud del creyente frente a los demás. Es común ver en la Biblia el falso testimonio como base de la venganza y de juicios injustos: Nabot (1 R 21:10) o el propio Jesús (Mt 26:60) son muestra de ello.

2.10. Décimo mandamiento: Éxodo 20:17

Este mandamiento, a diferencia que el resto, no se limita al acto en sí. Si bien el Decálogo apunta continuamente al corazón (no sería posible cumplir dicha ley sin un corazón que ame a Dios) en este último mandamiento de forma implícita se apunta hacia los pensamientos y deseos del corazón. No codiciar va más allá de no robar, y además sirve como cierre de la parte de la ley que refleja nuestra relación con los demás. Si no codicio el bien ajeno, ni la esposa ajena, ni nada que tenga o viva otro, entonces podré cumplir el honrar a mis padres y autoridades, el no matar, el no adulterar, el no robar y el no levantar falso testimonio. Este mandamiento cierra con la ley del amor al prójimo. Por eso, cuando Jesús es preguntado por la ley, resume toda la ley y los profetas en dos mandamientos que muestran la médula del Decálogo (Mr 12:29-31).

3. Repercusión del Decálogo en la sociedad actual

Este mundo y el ser humano tras su caída está en manos de Satanás (Lc 4:6; Jn 8:44; Ef 2:2; Col 1:13; 2 Ti 2:26), por lo que no es de extrañar que la Ley de Dios no sea practicada ni respetada en la sociedad. No que no sea conocida, puesto que la gran mayoría de personas en Occidente podrían decir que la conocen y, la gran parte de la humanidad podría decir que tiene acceso a ella; sin embargo, no la viven ni les interesa. Por eso este mundo refleja la condición descrita por Pablo en Romanos 1:18-32. Las leyes establecidas por el hombre son cada vez más contrarias a la ley de Dios: la ideología de género, el aborto, el ejemplo diario de robo al prójimo, el divorcio y el adulterio como una forma de expresión de la «libertad» individual, el desacato a cualquier autoridad establecida, la blasfemia contra Dios de forma abierta y pública apuntan a la parte más alta del Decálogo: «dioses ajenos». El ateísmo no fue la invención del hombre para vivir sin Dios, el ateísmo es el pretexto del hombre para ser su propio dios. Todas las ciencias humanistas impulsan al ser humano como su propio dios, adorándose a sí mismo y viviendo para sí mismo. A medida que este pensamiento ha penetrado en la sociedad, educación, medios audiovisuales, etc. ha dado rienda suelta al orgullo y vanidad humana.

4. Repercusión del Decálogo en la iglesia actual

En la cruz, Dios exigió y a la vez sufrió la penalidad correspondiente al pecado. Simultáneamente castigó y venció al mal, y al hacerlo, desplegó y demostró su santo amor. El santo amor de la cruz debería ser lo que caracterice nuestra respuesta a los obradores del mal en nuestros días.[6]

No podemos separar el cumplimiento de la ley de Dios de Cristo: «No piensen ustedes que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir» (Mt 5:17). Se podría cometer el error de no entender correctamente cómo la Iglesia debe responder a la ley de Dios. La Biblia nos advierte que el creyente no está exento de la ley de Dios, sino que la cumple y es estipulada como «la ley de Cristo» (Gá 6:2). Por eso el apóstol Juan escribe: «Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos» (1 Jn 2:3). Esto es la fe activa, la fe real del creyente (a la que también apunta Santiago en su epístola). Esta fe se resume en la frase de Jesús: «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7:16). La fe obra, da fruto. Las obras no son raíz de nuestra salvación como postulan en Roma, sino el fruto de nuestra fe verdadera en Jesucristo. Por eso la vida piadosa y no las palabras, son la marca distintiva de un hijo de Dios. Por eso la santificación es un proceso natural y consecuente de nuestra justificación y adopción por medio de Cristo. El ser hijo nos hace vivir en santidad, cumplir la ley por medio de Cristo. Tal y como apunta Packer el saber y entender que soy hijo de Dios me llevará a cumplir la ley de mi Padre:

Los hijos saben que la santidad es la voluntad del Padre para ellos, y que es tanto un medio como una condición, además de un componente de su felicidad, aquí y en el más allá, y porque aman a su Padre se dedican activamente a cumplir ese propósito benéfico.[7]

¿Cuántas veces se predica de esto hoy en día?, ¿este tipo de mensaje es el que se escucha hoy en la iglesia actual?, o quizás la pregunta sea: ¿este tipo de mensaje es el que se vive hoy en la iglesia actual? El decálogo, la ley moral de Dios, los principios bíblicos, pueden quedar como parte de nuestra historia, o de nuestro pasado y ser irre-levantes para nuestra vida diaria. Hasta tal punto es así que, si se pudiera hacer una encuesta a adultos saliendo de su iglesia en domingo para que enunciasen los Diez Mandamientos, el resultado podría ser alarmante. ¿Cómo vivir aquello que no se cono-ce? Por eso Dios advierte a su pueblo en Deuteronomio 4:1-2,6-8:

Ahora, pues, oh Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño, para que los ejecutéis, y viváis, y entréis y poseáis la tierra que Jehová el Dios de vuestros padres os da. No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno (…) Guardadlos, pues, y ponedlos por obra; porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta. Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos? Y ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros?

Por eso «mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento» (Os 4:6). Dios habla a Josué para conquistar la tierra no otorgándole una legión de ángeles, ni un gran presupuesto especial para el combate, ni armas especiales y tecnología avanzada que supere a la de las naciones enemigas. Dios le ordena en Josué 1:7-8:

Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas. Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien.

El motor de la victoria del pueblo de Israel era obedecer la ley de Dios. No como un acto fingido o religioso, sino como un acto real de adoración y obediencia a Dios. Es fácil decir ser un hijo de Dios, es difícil vivir como un hijo de Dios. Por eso el foco está en la vida práctica y piadosa, no en las etiquetas que alguien se quiera otorgar. El rey Saúl quiso ocultar su rebeldía con religiosidad, pero delante de Dios esta actitud fue amonestada por el profeta Samuel: «Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros» (1 S 15:22).

La iglesia actual debe revisar si su fruto se corresponde al de la Iglesia de Cristo que la Palabra de Dios anuncia. Si a lo que se llama «fruto» hoy: prosperidad, ministerios famosos, éxitos humanos, gloria de hombres, reconocimientos públicos, grandes eventos, conciertos cristianos, mega iglesias, autodenominados «apóstoles», etc. no se corresponde a lo que la iglesia debe reflejar como fruto en las Escrituras: santidad, vida piadosa, fruto del Espíritu, amor fraternal, ser incomprendidos y perseguidos por el mundo, sufrir por causa de Cristo, virtudes cristianas, mirada en la eternidad y no en el aquí y el ahora, etc. el problema no está en que los tiempos hayan cambiado, sino en que la iglesia ha cambiado. Por eso «cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?» (Lc 18:8).

5. Repercusión del Decálogo en mí

Quizás mi testimonio sea similar al de muchos niños nacidos en hogar cristiano y que han tenido un encuentro con Cristo. Desde bien pequeños todo padre cristiano enseña a sus hijos la perpetuidad y vigencia del Decálogo a todo ser humano. Este es un buen resumen de dicha enseñanza:

Que el Decálogo es obligatorio para todos los hombres de cada generación sucesiva es evidente a partir de muchas consideraciones. Primero, como expresión necesaria e inmutable de la rectitud de Dios (…) Segundo, Cristo mismo rindió a la Ley una obediencia perfecta, dejándonos así un ejemplo de que debemos seguir sus pasos. En tercer lugar, el apóstol de los gentiles planteó específicamente la pregunta “¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley” (Ro 3:31). Finalmente, la perpetuidad de la Ley aparece en la escritura de Dios en los corazones de su pueblo en su nuevo nacimiento.[8]

La primera impresión al leer y escuchar el Decálogo como niño fue que «era bueno para todos». Podía decir como el salmista: «La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo» (Sal 19:7). A medida que fui creciendo y mi condición pecaminosa se advertía clara y evidente a mí mismo ya no procuraba leer ni recordarla, haciéndose evidente que «por medio de la ley es el conocimiento del pecado» (Ro 3:20), esto provocaba en mí una frustración evidente y diaria ya que «hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte» (Ro 7:10). Por lo que el diagnóstico era claro: «la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno» (Ro 7:12), pero yo no. Y fue esa ley, como buen tutor legal, fue la Palabra de Dios (su ley) la que me acercó a la verdad: «De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe» (Gá 3:24). Porque de la misma manera que yo era pecador e injusto delante de Dios, Cristo se presentó santo y justo delante de Dios en mi lugar. Por mí, lo hizo por mí: «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero» (1 Ti 1:15). Sólo entonces pude entender que no se trataba de mí, sino de él (Cristo): «al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Co 5:21). Cuando me arrepentí de mis pecados y confesé a Jesús como mi Señor y salvador la carga y acusación cayó como una mochila «y rodando fue a caer en el sepulcro, y ya no la vi más».[9] Desde ese día en adelante tengo la certeza de que: «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús (…) porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (Ro 8:1,2). Por ese motivo doy gracias a Dios por su ley, porque antes de conocer a Cristo me advirtió de mi situación lejos de él, y ahora estando en Cristo porque me permite conocer el corazón de Dios, anhelar agradar a mi Padre en los cielos y me advierte de cualquier desvío pecaminoso y carnal en mi vida. Sólo entonces, tras ser justificado, adoptado y en santificación por su gracia y misericordia, puedo decir, esta vez sí entendiendo lo que implica: «La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo» (Sal 19:7).

CONCLUSIÓN

La ley moral de Dios, el Decálogo, está vigente hoy día y sigue siendo relevante para todo ser humano, y en especial para todo creyente. Dios reveló su ley escribiendo con su propio «dedo» en unas tablas de piedra (Ex 31:18) advirtiendo la relevancia e importancia de dicha revelación. Estos Diez Mandamientos iniciaban la revelación legislativa de Dios a su pueblo Israel, pero también revelaban el corazón de Dios para con el ser humano y sus preceptos eternos. Tras analizar cada uno de los mandamientos dados por Dios queda demostrado que la ley refleja el carácter de Dios y también que es una ley mucho más justa y recta que lo que ningún hombre jamás haya podido pensar o imaginar. No sólo en su contexto histórico, sino en cualquier contexto histórico, lo que argumenta el origen divino de dicha ley. La ley de Dios no solo apunta a los actos, sino al corazón del ser humano. Es la única ley que no procura honrar o glorificar al propio hombre sino al único Dios verdadero.

Entendiendo la relevancia de los Diez Mandamientos es apremiante abordar su vigencia y necesidad en este tiempo actual. La sociedad ha dado la espalda a Dios, la iglesia actual parece haber olvidado los principios bíblicos, esto nos lleva a un autoexamen profundo y urgente que responda a la pregunta: «¿qué está haciendo la iglesia?». Todo verdadero creyente debe recordar cómo fue su encuentro con Cristo, como la ley fue nuestro «ayo» y como Cristo cumplió dicha ley por cada hijo de Dios para que cada hijo de Dios la cumpla en Cristo. La ley nos revela que nuestra salvación es por gracia y no por obras. No es de extrañar, que el autor inspirado por el Espíritu Santo que más trató este asunto (Pablo), pudiera concluir en Romanos 5:20-21:

Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro.

BIBLIOGRAFÍA

Bunyan, John. El Progreso del Peregrino. Tenesse: Grupo Nelson, 2019.

Calvino, Juan. Breve Instrucción Cristiana. Rijswijk: Editorial de literatura Reformada, 1990.

Packer, J.I. El conocimiento del Dios Santo. Florida: Editorial Vida, 2006.

Pink, A. W. Los Diez Mandamientos. Florida: Chapel Library, 1999.

Stott, John. La cruz de Cristo. Illinois: Ediciones Certeza, 1996.


[1] A. W. Pink, Los Diez Mandamientos (Florida: Chapel Library, 1999), 5

[2] Juan Calvino, Breve Instrucción Cristiana (Rijswijk: Editorial de literatura Reformada, 1990, versión PDF), 10

[3] Juan Calvino, Breve Instrucción Cristiana (Rijswijk: Editorial de literatura Reformada, 1990, versión PDF), 13

[4] Juan Calvino, Breve Instrucción Cristiana (Rijswijk: Editorial de literatura Reformada, 1990, versión PDF), 13

[5] A. W. Pink, Los Diez Mandamientos (Florida: Chapel Library, 1999), 31

[6] John Stott, La cruz de Cristo (Illinois: Ediciones Certeza, 1996), 344

[7] J. I. Packer, El conocimiento del Dios Santo (Florida: Editorial Vida, 2006), 286

[8] A. W. Pink, Los Diez Mandamientos (Florida: Chapel Library, 1999), 5

[9] John Bunyan, El Progreso del Peregrino (Tenesse: Grupo Nelson, 2019), 63

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