Argumentos bíblicos contra el sectarismo

INTRODUCCIÓN

En este ensayo presentaré argumentos fundamentados en las Escrituras que sirven al creyente como método de identificación de posibles prácticas coercitivas, de manipulación y el control sectario, que pueda estar viviendo en su iglesia local o denominación. Mediante este breve manual el creyente podrá revisar si la influencia a la que está sometida su relación con la iglesia local y sus responsables proviene de Dios y de las pautas marcadas en su Palabra o proviene de los hombres.

Todos los textos aportados son en la versión Reina-Valera de 1960 salvo que se indique lo contrario.

1. La libertad en Cristo

«Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud» (Gá 5:1).

1.1. Libres del pecado y de la condenación

La carta de Pablo a los Gálatas podría titularse la libertad en Cristo. El apóstol traza con maestría lo que produce un verdadero encuentro con Cristo en la vida de un nuevo creyente. Esta libertad no es presentada, en ningún caso como libertinaje, como el apóstol aclara un poco después: «Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros. Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Gá 5:13-14). La libertad en Cristo se basa en ser libres del pecado y de la condenación por dicho pecado: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (Ro 8:1-2).

1.2.   Libres del miedo

«Busqué al Señor, y él me respondió; me libró de todos mis temores» (Sal 34:4). Uno de los puntos en común de toda persona bajo una secta o influencia manipuladora es el miedo. Miedo a defraudar a los demás, miedo a ser excluido, miedo a perder el estatus obtenido en el grupo, etc. Sin embargo, un creyente no vive bajo el temor a los hombres, ni tampoco a Satanás ni al mundo. El único temor que un creyente tiene es de Dios, sabiendo que su confianza y su vida están en sus manos en todo momento: «El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre» (Ec 12:13). Temer a Dios implica, por lo tanto, no tener ningún otro temor.

1.3. Libres para mostrar el amor de Dios a otros

Esta realidad lleva al creyente a una vida piadosa, en santificación y en amor verdadero por Dios y por los demás. Por lo tanto, el creyente ha recibido el amor ágape de Dios para dar de este mismo amor a los demás. En este sentido, el apóstol Pablo define dicho amor de la siguiente manera: «El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Co 13:4-7). Esta definición de amor es la antítesis a la coerción, manipulación, toxicidad, extorsión emocional, maltrato físico y emocional, control y otras prácticas propias del sectarismo. Un claro síntoma de falta de libertad es la ausencia de este amor. Sin este amor el creyente no puede ser creyente, la fe en Cristo no se sostiene. Por eso Jesús decía «ven y sígueme», sin embargo, no todos estaban dispuestos a amarlo de esa manera: «Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones» (Mt 19:22). En este texto Jesús no obliga a este joven rico a seguirlo, le propone hacerlo, pero él mismo es expuesto a la realidad de que a pesar de creer que Jesús era un «maestro bueno» (Mt 19:16), no era tan bueno para él como sus riquezas, a las cuales amaba más.

1.4. Libres de salvación por las obras

Toda religión falsa se resume en la verdad de qué es lo que el hombre puede hacer por Dios. Sólo la verdadera religión se basa en lo que Dios ha hecho por el hombre. Muchas fórmulas de manipulación y control en las iglesias se basan en forzar a las personas a al servicio en la iglesia como muestra de su madurez cristiana y su amor por Cristo. Una mala interpretación de la epístola de Santiago y la gratificación personal que todo ser humano siente por ser parte de algo y que la gente valore lo que hace en lugar de lo que es, provoca que este tipo de prácticas sean muy comunes hoy en día. El apóstol Santiago habla de una fe que actúa, es decir, que la fe en Cristo nos brinda salvación y da fruto de buenas obras, no que las obras sean la raíz de nuestra salvación. Como bien escribió Tozer:

Por lo que a Dios respecta, lo que es un hombre siempre es más importante que lo que hace. Juzgamos a una persona por su rendimiento, por lo que puede contribuir al mundo. Pero Dios ve en lo profundo del ser, llegando hasta la misma esencia de la persona. Dios busca la bondad. Lo que Dios busca es el carácter y la personalidad. A Dios nunca le impresiona lo que puede hacer una persona.[1]

2. La palabra profética más segura

«Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones; entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo». (2 P 1:19:21).

2.1. La autoridad de las Escrituras

Someterse y sujetarse a la autoridad de las Escrituras es una de las doctrinas fundamentales de la verdadera fe en Cristo. Negar su autoridad es negar la autoridad de Dios mismo. Esta afirmación encierra la primera gran libertad del creyente. El apóstol Pedro alude a la autoridad de las Escrituras y, a su vez, a que «no son de interpretación privada». Es decir, la Palabra de Dios es presentada por Dios al ser humano para que pueda ser conocido: «Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Ro 10:17), siendo la máxima expresión de dicha palabra la encarnación del Verbo, «y aquel Verbo fue hecho carne» (Jn 1:14). Cualquier persona que pretenda tener mayor o igual autoridad que las Escrituras estaría atentando contra la autoridad de Dios mismo y de su Palabra, siendo esto una clara muestra de pensamiento sectario.

2.2. El autor de las Escrituras

La verdad proviene de Dios mismo, no de los hombres ya que estos fueron «inspirados por el Espíritu Santo». Dicha verdad no solamente proviene de Dios si no que ha sido manifestada por Dios a los hombres y preservada por Dios para ellos. No está oculta, o escondida, para interpretación privada de una persona o grupo en particular, sino que ha sido puesta bien en alto: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». (Jn 3:14-15). Por eso, la libertad del creyente se basa conocer la verdad: «y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8:32). En ese mismo sentir Jesús oró al Padre diciendo «Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad» (Jn 17:17). Esto implica dos verdades: (1) que cualquier otro escrito o pensamiento que algún hombre pretenda igualar a la «Palabra de Dios» tiene como origen promover un pensamiento sectario, (2) que cualquier persona que diga tener una interpretación especial o propia de las Escrituras (y por lo tanto privada), tiene como origen promover un pensamiento sectario.

2.3. La importancia de las Escrituras

Entendiendo este principio, cualquier pastor o predicador, así como cualquier creyente comenzará a poner en valor de qué manera y cuánto se habla de las Escrituras en su iglesia: La predicación expositiva, los estudios bíblicos exhaustivos, la presentación teológica de forma sistemática, la argumentación doctrinal por medio de las Escrituras, la interpretación bíblica ciñéndose al texto bíblico y evitando la alegorización, una perspectiva cristocéntrica en cualquier predicación, deben ser troncales en cualquier iglesia local, y deben ser el termómetro para cada creyente en su congregación local. Por este motivo los de Berea eran más «nobles» que los de Tesalónica, «pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hch 17:11).

3. Probando los espíritus

«Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo» (1 Jn 4:1-3).

3.1. Sabiendo en quién he creído

Es un error evidente y muestra de manipulación y potencial sectarismo en la vida de un creyente cuando este no tiene claro en quién ha depositado su fe. Creyentes que hablan más de su pastor, «apóstol» o «líder», que de Cristo, o en cuyos testimonios hablan más a cerca del encuentro con una iglesia o un movimiento que con Cristo, o que cuando son preguntados por asuntos de cristología o la obra de Cristo por ellos rara vez podrían responder con claridad bíblica. Son abundantes los textos bíblicos que reflejan que un verdadero encuentro con Cristo implica un verdadero conocimiento de quién es Cristo: (1) Natanael dijo al encontrarse con Cristo: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel» (Jn 1:49), (3) Pedro afirmó por él y los discípulos: «nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Jn 6:69), (3) Tomás, tras verlo resucitado confesó «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20:28), (4) Pablo al encontrase con Cristo camino a Damasco le preguntó «Señor, ¿qué quieres que yo haga?» (Hch 9:6), sirviendo estos ejemplos como una pequeña muestra. Es sospechoso personas que digan profesar una fe en Cristo y, sin embargo, apenas podrían decir quién es Cristo para ellos comparado con lo mucho que podrían decir quién es su líder o pastor para ellos.

3.2. Usurpando la gloria

Otro ejemplo de este tipo de manipulación es el énfasis desmedidos de muchos ministerios, denominaciones o personas particulares, que dicen tener una unción especial, o un llamado especial, y que Dios los acompaña en un grado y forma extraordinario y por eso deben ser escuchados e incluso admirados. No en vano Cristo advirtió que «Él [Espíritu Santo] me glorificará» (Jn 16:14). Cualquier otro énfasis atribuido al Espíritu Santo no se ciñe a las Escrituras, por eso, todo espíritu que no glorifica a Cristo y entrona su obra redentora para que él se lleve toda la gloria es considerado por el apóstol Juan «espíritu de anticristo». Todo ministerio sano y toda sana doctrina se basa en esta sencilla verdad: «Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén» (Ro 11:36).

3.3. Contrastando lo que creo que proviene del Espíritu Santo

En muchas ocasiones, con la excusa de «no apagar el Espíritu» (1 Ts 5:19), se ha dado libertad al desorden, misticismo, extravagancia e incluso al ocultismo en muchos cultos y eventos evangélicos. Es una pauta bastante repetida el relacionar la obra del Espíritu Santo con el desorden, el emocionalismo y manifestaciones de dudoso origen. Por eso, es imperativo revisar bajo que influencia un creyente puede llegar a estar en un culto. La Palabra de Dios no habla de posesiones o trances por medio del Espíritu Santo, ni tampoco habla de que el resultado de dichas experiencias sean nuevas doctrinas o interpretaciones particulares de textos bíblicos nunca antes predicadas o escritas. A lo largo de la historia de la iglesia es recurrente este tipo de situaciones. Como bien dijo Calvino:

¿Qué autoridad tendría entre nosotros el Espíritu Santo, si no pudiese ser discernido con alguna nota inequívoca? (…) Ciertamente si se le redujera [al Espíritu Santo] a una regla cualquiera, humana, angélica o cualquiera otra, entonces podría decirse que se le humillaba. (…) Pero, cuando es comparado consigo mismo y considerado en sí mismo, ¿quién podría decir que con esto se le hace injuria? (…) Pero, a fin de que, en nombre del Espíritu de Dios, no se nos meta poco a poco Satanás, quiere el Señor que lo reconozcamos en su imagen, que Él ha impreso en la Escritura Santa. Él es su autor; no puede ser distinto de sí mismo. Cuál se manifestó una vez en ella, tal conviene que permanezca para siempre. Esto no es una afrenta para con Él, a no ser que pensemos que el degenerar de sí mismo y ser distinto de lo que antes era, es un honor para Él.[2]

3.4. Posibles objeciones

Quizás alguien podría objetar que el apóstol Pablo, en alguna ocasión, parece auto validar su propio ministerio ante los hombres y exaltarse a sí mismo. Este sería un error común para aquellos que conocen poco del ministerio del apóstol Pablo. Cuando el apóstol dice: «Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo» (1 Co 11:1) no está precisamente ratificando sus palabras, sino más bien poniendo a escrutinio de la propia iglesia su vida como testimonio fiel del evangelio de Jesucristo. El apóstol se pone como ejemplo de conducta y vida piadosa para distanciarse de los falsos maestros y ministerios que estaban confundiendo a la iglesia en Corinto. Con todo, es importante tener en consideración otros textos de Pablo para tener una perspectiva adecuada de su énfasis ministerial. Unos capítulos más adelante Pablo escribe: «Yo soy el más pequeño de los apóstoles, y no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios» (1 Co 15:9), una frase rara vez escuchada por ninguno de los mal autodenominados «apóstoles» de hoy en día. Qué decir de su carta a Timoteo: «Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero» (1 Ti 1:15). Tal es el convencimiento del apóstol del evangelio de Jesucristo, que para salvaguardar la fe de los Gálatas es capaz de vetarse a sí mismo si predicase otra cosa ante ellos: «Pero si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anuncia un evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gá 1:8).

CONCLUSIÓN

La Palabra de Dios muestra qué implica ser libres en Cristo y esto permite al creyente posicionarse y entender qué significa estar bajo dicha libertad y que significa no estarlo. La presión de grupo para ejercer miedo en el individuo, el fomentar el activismo o servicio a cambio del favor de Dios, distorsionar el mensaje de la Palabra de Dios obviando su autoridad, autor e importancia y pretender llevarse el reconocimiento y la gloria de Dios, así como métodos de influencia por el emocionalismo y supuesto respaldo de Dios son prácticas comunes en el mundo evangélico que deben llevar a la reflexión sobre en qué modo y grado se puede estar ejerciendo una influencia humana en el creyente, en lugar de dar libertad a Dios de que Él obre en la vida de las personas.

BIBLIOGRAFÍA

Calvino, Juan. Institución de la religión cristiana, Tomo I. Países Bajos: Felire, 2019.

Tozer, A.W. Y él habitó entre nosotros. Michigan: Editorial Portavoz, 2017.

[1] A.W. Tozer, Y él habitó entre nosotros (Michigan: Editorial Portavoz, 2017), 77

[2] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, Tomo I (Países Bajos: Felire, 2019), 55

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