Doctrinas no trinitarias
INTRODUCCIÓN
En este trabajo de argumentación teológica haré una revisión completa de parte de una confesión de fe actual de una iglesia o movimiento evangélico. En dicho desarrollo plantearé aquellas frases de dicha confesión que encierren errores doctrinales graves propios de herejías históricas refutadas por la Iglesia y la defensa de la doctrina de la Trinidad. Para apoyar mi argumentación, primeramente, expondré en un resumen general de todas las afirmaciones que se indican en dicha confesión referentes a Dios desde un punto de vista Trinitario y, posteriormente, haré un análisis de las frases seleccionadas recordando su fundamento histórico, su contraargumentación por parte de la Iglesia y una contraargumentación bíblica a dicha postulación doctrinal. Para que el trabajo sea más dinámico he incluido mi propia opinión personal en dicho punto de análisis en lugar de en un punto final aparte que resumiera mi pensamiento. En este trabajo incluiré abundantes citas de teólogos, historiadores cristianos y Padres de la Iglesia como base a mi argumentación.
Todos los textos bíblicos aportados son en la versión Reina-Valera de 1960 salvo que se indique lo contrario.
1. Resumen doctrinal
En esta confesión de fe se plantean las siguientes afirmaciones referentes a Dios:
1.1. En cuanto al Padre
Se afirma que existe un Dios, que es el Padre y que es mayor que todos. Sólo se debe orar al Padre, en el nombre de Jesús, pero solamente al Padre.
1.2. En cuanto al Hijo
Se afirma que el Hijo salió del Padre (emanación), pero no es un ser creado. Que el título de Hijo fue dado, no desde la eternidad, sino aplicado en el nacimiento de Jesús, por lo cual este no fue engendrado en la eternidad, sino que su existencia previa no es como Hijo, sino con Dios el Padre. Es decir, que antes del nacimiento de Jesús en Belén era Dios el Padre (Jehová). El Hijo es igual en esencia a Dios, pero se despojó de sus atributos divinos en la encarnación y se sometió voluntariamente al Padre desde ese momento.
1.3. En cuanto al Espíritu Santo
Se afirma que el Espíritu Santo no es una persona o subsistencia, sino que es el Padre actuando en relación con su Iglesia, siendo, por lo tanto, el mismo Dios Padre. Sin embargo, a pesar de esta afirmación, el Espíritu Santo no debe ser adorado ya que no aparece ningún texto en la Biblia que indique dicha adoración. Lo mismo ocurre con la oración.
1.4. En cuanto a la revelación de Dios
Se afirma que no es un misterio incomprensible para la mente humana quién es Dios en esencia y personas, ya que la Palabra de Dios es totalmente clara en este sentido.
2. Análisis doctrinal
En su primer punto dicha confesión afirma:
Existe un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas (1 Corintios 8:6), entendiendo que del Padre procede el Verbo por emanación, (Juan 16:28) que este Hijo de Dios tiene autonomía propia (Juan 5:26), y que no es un ser creado. El Espíritu Santo no es una persona dentro de la Deidad, aunque se observe cómo la Escritura le da características personales. Éstas le son propias porque en toda la Biblia hay una identificación entre Dios y el Espíritu Santo.
2.1. «Existe un Dios, el Padre»
2.1.1. Encuadre doctrinal e histórico
Esta afirmación es propia del monarquianismo. Según los monarquianos la existencia de un único Dios niega por lo tanto la Trinidad, «la divinidad de Cristo no puede ni debe distinguirse en modo alguno de la del Padre, pues tal distinción destruiría la “monarquía” de Dios».[1] Por este motivo se les conocía en sus inicios como los alogoi, puesto que se oponían a la doctrina del logos negando el Evangelio de Juan como inspirado por el Espíritu Santo y atribuyendo su autoría a un gnóstico llamado Cerinto. Dentro del monarquianismo existen dos corrientes que se fueron definiendo claramente: (1) El monarquianismo dinámico y (2) el monarquianismo modalista. El primero habla de la divinidad de Jesucristo como una fuerza impersonal procedente de Dios. Se le llama dinámico porque proviene de la palabra griega dunamis que significa poder, fuerza. Su primer defensor fue Teodoto en el siglo II d.C., de ahí que se le conozca a los monarquianos dinámicos como teodotianos, sin embargo, su mayor expositor y quien desarrolló esta doctrina fue Pablo de Samosata en el siglo III d.C. El segundo (modalista) afirma que un solo Dios actúa como Padre y otras veces como Hijo, y otras veces como Espíritu Santo. Siendo su mayor difundidor Sabelio en el siglo III d.C. (por ese motivo al monarquianismo modalista se le conoce como sabelianismo).
2.1.2. Contraargumentos históricos de la iglesia
El monarquianismo es considerada la primera herejía que requirió a la Iglesia una solución doctrinal bíblica que apuntalara la deidad de Cristo y del Espíritu Santo, siendo este motivo del origen de la doctrina de la Trinidad. Si bien Teófilo en el siglo II d.C. fue el primero en utilizar la palabra trinidad, Tertuliano será el primer padre de la iglesia en utilizar esta palabra de forma clara para hablar de la divinidad del Hijo y postularse en contra del pensamiento monarquianista modalista de su época defendido por Práxeas. En una de sus principales obras: Contra Práxeas (Adversum Praxeam) afirma:
Monarquía no tiene otro significado que gobierno único e individual, pero con todo eso, esto no hace por ello una regla permanente de lo que es la monarquía, ni le impide al gobernante tener un hijo, o haberse hecho en realidad un hijo para sí mismo, o de ministrar su propia monarquía por medio de cualquier agente que él desee.[2]
Siendo este argumento válido para entender que el gobierno de Dios y su unidad no se vería afectado por una divinidad trinitaria. En este sentido, Alfonso Ropero escribe sobre Tertuliano: «Tertuliano expresa la verdadera unidad de naturaleza y de sustancia en Dios juntamente con la verdadera trinidad de personas».[3] Si bien Tertuliano inicio la doctrina de la Trinidad no fue quien la consolidó, ya que la terminología de personas, sustancia o esencia requirió más tiempo y más hombres de Dios, como Atanasio, y concilios, como el de Nicea en el 325 d.C., que apuntalaran lo que hoy en día se conoce como la doctrina de la Trinidad. Sin embargo, esto nos sirve como ejemplo de la rápida respuesta histórica al monarquianismo de la época en un momento de la historia que el canon bíblico todavía no había sido cerrado y todo tipo de pensamientos comenzaban a surgir en diferentes grupos cristianos. Ante la frase «existe un Dios el Padre», Tertuliano respondió:
Mientras que el misterio de la dispensación sigue protegido al distribuir la Unidad en una Trinidad, colocando en su orden a las tres Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: Son tres, sin embargo, no en la condición [status] sino en el grado; no en la sustancia sino en la forma; no en el poder, sino en el aspecto [species]; pero de una sustancia, y de una condición, y de una potestad; ya que es un Dios en el que bajo el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, se distinguen estos grados, formas y aspectos.[4]
Aludiendo a la autoridad apostólica como fuente de la doctrina de la Trinidad: «que esta regla de fe ha llegado a nosotros desde el principio del evangelio, incluso antes de cualquiera de los herejes antiguos».[5]
2.1.3. Contraargumentos bíblicos
Ante la frase «existe un Dios, el Padre» textos bíblicos como Mateo 28:19: «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» deberían decir «en los nombres», sin embargo, dice «en el nombre», dejando claro que es el mismo nombre de Dios y que por lo tanto el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es Dios. La Biblia no hace referencia a un poder o fuerza particular de Dios como Hijo, sino a una persona: «Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies» (Sal 110:1), texto que el propio Jesucristo utilizó para hablar de sí mismo respondiendo a la afirmación de que los religiosos creían que el Cristo era hijo de David. En Salmos 110:1 son dos personas entablando una conversación. No puede ser ni un dinamismo de Dios, ni un modismo de Dios, siendo este pasaje presentado por los monarquianistas como un ¿soliloquio de Dios? No es el único caso bíblico en el que se encuentran este tipo de conversaciones trinitarias: «Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra» (Is 49:6).
No es de extrañar que los primeros monarquianistas negaran el evangelio de Juan: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1:1), para después añadir «y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (Jn 1:14). En Hebreos dice: «el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia» (He 1:3), lo que refleja una misma sustancia, pero necesariamente una subsistencia diferente, sino el texto carecería de sentido en su redacción y expresión. Ante este texto Calvino argumenta: «sin duda atribuye al Padre alguna subsistencia en la que difiera del Hijo».[6]
2.2. «Del Padre procede el Verbo por emanación»
2.2.1. Encuadre doctrinal e histórico
Esta afirmación es propia del gnosticismo. El concepto de emanación nace del neoplatonismo propio de la Escuela de Alejandría, particularmente de Plotino en el siglo III d.C. Dicha idea de emanación presentada por Plotino afirma que:
El punto de partida de su sistema es el Uno inefable, que se encuentra más allá de toda esencia y de todo nombre que pudiera dársele. Todo cuanto existe se deriva de ese Uno absolutamente trascendente, aunque no por un acto de creación, sino más bien por lo que ha de entenderse en términos de la metáfora de la emanación.[7]
La consecuencias de este pensamiento son múltiples a la hora de entender la persona del Hijo (Verbo), y su verdadera deidad. Esta corriente de pensamiento gnóstico tendría diferentes planteamientos desarrollados por los subordinacionistas y panteístas.
Dentro de este marco, cada uno de nosotros es un alma aprisionada dentro del cuerpo. Luego, nuestra tarea es sobreponemos a las ataduras de nuestros cuerpos y ascender hasta llegar a esa unión mística con el Uno que recibe el nombre de «éxtasis».[8]
2.2.2. Contraargumentos históricos de la iglesia
Ante este tipo de doctrina herética Orígenes de Alejandría en el siglo III d.C. fue el principal opositor a la idea de la emanación del Hijo apoyándose en escritos de Clemente (S. I d.C.)
Esta misma tendencia a subrayar la unidad entre el Padre y el Hijo se ve en la forma en que Orígenes, al discutir el modo de la generación del Hijo, rechaza la idea de que ésta consiste en una simple emanación.[9]
La base de la defensa de la eternidad del Hijo de Orígenes era que si se negaba que el Hijo fue engendrado desde la eternidad entonces existió un tiempo donde el Hijo no existió y por lo tanto «llevaría a suponer que hubo un tiempo cuando el Padre no existió como Padre».[10] Referente a esta idea escribió: «No existe momento en que el Hijo no fuese».[11]
2.2.3. Contraargumentos bíblicos
No hay ningún sólo texto bíblico que se refiera al concepto de emanación planteado por los neoplatonistas de Alejandría. El concepto tiene base en la filosofía griega, pero no en las Escrituras. El apóstol Pablo escribe a los creyentes de Colosas: «Él (Cristo) es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación» (Col 1:15), no tiene sentido argumentar la emanación del Verbo para la encarnación del Hijo, cuando el Hijo (primogénito) es antes de la encarnación, puesto que ya era primogénito de toda la creación. Entender este texto en un sentido en el que el Hijo es primogénito siendo después de la creación sería absurdo, teniendo que ser su condición de primogénito e Hijo antes de dicha creación. Además, el término primogénito se relaciona con ser engendrado, no con ser emanado. En este mismo sentido, la Sabiduría en Proverbios 8 (Cristo preencarnado, el Verbo) dice: «Jehová me poseía en el principio, Ya de antiguo, antes de sus obras. Eternamente tuve el principado, desde el principio, Antes de la tierra. Antes de los abismos fui engendrada» (Pr 8:22-24). La Palabra de Dios dice que el Verbo fue engendrado no emanado desde la Eternidad, siendo esta afirmación confirmada por el propio Jesucristo al decir: «Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Jn 17:5) identificando claramente al Hijo desde antes del mundo, no como se dirá más adelante en esta confesión: «El término “Hijo de Dios”, aplicado a Jesús no se encuentra con anterioridad a Belén», sin embargo, el propio Jesús habla de su Padre antes de que el mundo fuese y la gloria que él tenía con su Padre antes de que el mundo fuese. Por si alguno planteara o cuestionara que la Sabiduría no es Cristo preencarnado (el Verbo), solo recordar que «para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios» (1 Co 1:24). La epístola a los Hebreos comienza: «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo» (He 1:1-2). El escritor no dice que, por el Verbo, o la Sabiduría Dios hizo el universo, sino por el Hijo, tal y como explica Calvino «la Palabra o Verbo significa la voluntad y el mandato del Hijo, el cual es eterno y esencial Verbo de Dios».[12] Quedando demostrado que el Verbo de Juan 1, la Palabra de Génesis 1 y la Sabiduría de Proverbios 8 son exactamente el Hijo y por lo tanto Dios («el Verbo era Dios» (Jn 1:1), el argumento sobre la eternidad del Hijo queda evidenciado en la epístola de Santiago cuando se refiere a la inmutabilidad y eternidad de Dios: «Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación» (Stg 1:17), concluyendo Calvino: «Por tanto, nada se puede consentir menos que imaginar un principio del Verbo, que siempre fue Dios y después creó el mundo».[13] No tiene sentido decir que el Verbo es Dios y argumentar que el Verbo no es eterno, o inmutable, quedando demostrado bíblicamente que decir esto es decir que el Hijo es Dios y el Hijo es eterno e inmutable (He 13:8).
2.3. «El Espíritu Santo no es una persona dentro de la Deidad»
2.3.1. Encuadre doctrinal e histórico
Este sería el pensamiento defendido por los sabelianistas (monarquianismo modalista) desarrollado en el punto 2.1. de forma general. Sabelio en el siglo III d.C. defendía que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no indicaban ninguna distinción en Dios. A diferencia que sus predecesores modalistas «Sabelio desarrolló el modalismo de Práxeas y Noeto incluyendo en su doctrina al Espíritu Santo».[14] Simplemente el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo aparecen en algún momento como modos de un mismo Dios para realizar alguna función o misión particular y después volver a la unidad divina. Este tipo de ideas llevaron a la excomulgación de Sabelio.
2.3.2. Contraargumentos históricos de la iglesia
Fue principalmente Hipólito, basándose en los argumentos de Tertuliano contra Práxeas, quien rebatió los planteamientos de Sabelio. Sin embargo, fue Basilio de Cesarea en el siglo IV d.C. quien mayor énfasis dedicó en sus escritos a la persona del Espíritu Santo, ya que en el Concilio de Nicea ya celebrado «se contentó con una breve frase acerca del Espíritu Santo».[15] Siendo el ataque tan centrado en la persona del Hijo, en muchas ocasiones las dudas sobre la persona del Espíritu Santo quedaban abiertas. Tal fue así que en incluso se levantaron los pneumatomacos, que negaban la divinidad del Espíritu Santo. Basilio utilizando el término hipóstasis para personas de la Trinidad escribe: «Un Dios y Padre, un Hijo unigénito y un Espíritu Santo. Nosotros enunciamos cada una de las hipóstasis de una sola manera».[16]
2.3.3. Contraargumentos bíblicos
El Espíritu Santo es una persona o subsistencia propia. En uno texto claramente trinitario (en Juan 14), el Hijo hace una clara distinción: «Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14:16), dejando claro que el Espíritu Santo era otro diferente al Hijo y también diferente al Padre, y nuevamente, más adelante: «Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre» (Jn 14:26). Algo parecido ocurre en Juan 16: «Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere» (Jn 16:13). Si no hablará por su propia cuenta es que podría hacerlo ya que es una persona, pero decide no hacerlo puesto que la Trinidad coopera en armonía. Este texto nos habla del carácter de la persona del Espíritu Santo. «Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber» (Jn 16:14) nuevamente la función del Espíritu Santo de tomar lo que Jesús había dicho y recordarlo a sus discípulos dándoles entendimiento. Debe entenderse necesariamente que el Espíritu Santo sí es una persona o subsistencia divina que realiza todo tipo de acciones propias en la Biblia (inspira, mora, guía, convence, ilumina, regenera, sella, fructifica, etc.) y actúa con personalidad propia. En el Concilio de Jerusalén, Santiago habla dando por hecho la persona del Espíritu Santo: «Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros» (Hch 15:28), hasta tal grado que ubica que a ellos (personas humanas), les ha parecido igual de bien lo que al Espíritu Santo le ha parecido. Y nuevamente en Hechos: «Ministrando estos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo» (Hch 13:2). En este sentido Hodge escribe: «Una persona es aquel que, al hablar, dice Yo; cuando se le dirigen se le dice Tú; y cuando se hace referencia, se dice él».[17] En este sentido, el problema de afirmar que el Espíritu Santo no es una persona suele venir derivado del mal entendimiento de lo que significa realmente persona. Tal es así que en la propia Real Academia Española las cuatro primeras acepciones para la palabra persona se incluye especie humana o hombre o mujer. No es hasta la sexta acepción que se encuentra un valor más adecuado a lo que los Padres de la Iglesia querían expresar con persona: «sujeto de derecho».[18] En este sentido coincido nuevamente con Calvino al explicar dicha palabra:
Así pues, por “persona” entiendo una subsistencia en la esencia de Dios, la cual, comparada con las otras, se distingue por una propiedad incomunicable. Por “subsistencia” entiendo algo distinto de “esencia”. Porque si el Verbo fuese simplemente Dios, san Juan se hubiese expresado mal al decir que estuvo siempre con Dios (Jn 1:1). Cuando luego dice que Él mismo es Dios, entiende esto de la esencia única.[19]
Ante el argumento desarrollado en la confesión de fe «El Espíritu Santo no es una persona dentro de la Deidad, aunque se observe cómo la Escritura le da características personales. Éstas le son propias porque en toda la Biblia hay una identificación entre Dios y el Espíritu Santo» Berkhof responde:
Frecuentemente se oye decir, en la actualidad, que aquellos pasajes que parecen implicar la personalidad del Espíritu Santo simplemente contienen personificaciones. Pero las personificaciones ciertamente son raras en los escritos en prosa en el Nuevo Testamento, y pueden reconocerse fácilmente. (…) Una sana exégesis requiere que en todos estos pasajes el Espíritu Santo sea considerad como una persona.[20]
En su segundo punto dicha confesión afirma:
El Espíritu Santo es el poder de Dios en operación; pero es más que una fuerza independiente del que la envía. Es el mismo Padre en operación a través de su Espíritu, de manera que el Espíritu Santo es Dios, pero no como una persona aparte del Padre y de Jesús, sino como el mismo Padre en su relación con la Iglesia. El Espíritu de Dios es Dios mismo en operación, saliendo y volviendo a Sí mismo tras realizar las diferentes funciones en el mundo.
2.4. «El Espíritu de Dios es Dios mismo en operación, saliendo y volviendo a Sí mismo»
2.4.1. Encuadre doctrinal e histórico
Este sería el pensamiento defendido por los anabaptistas racionalistas como el español Miguel Servet en el siglo XVI y más tarde por los unitarios. En su negación de la Trinidad y pretendiendo corregir los errores de dicha doctrina en su obra De Trinitatis Erroribus (Sobre los errores acerca de la Trinidad), Servet escribió sobre el Espíritu Santo como la «fuerza activa de Dios que, como en la creación de todas las cosas, la usa de diferentes maneras».[21] Este pensamiento es el expresado al comenzar este punto de la confesión: «El Espíritu Santo es el poder de Dios en operación». Una frase muy parecida a la que actualmente defienden los Testigos de Jehová: «El espíritu santo de Dios es su poder, o fuerza, en acción. Cuando Dios envía su espíritu, proyecta, o dirige, su energía hacia un lugar en concreto (sea donde sea) para que se cumpla su voluntad».[22] Sin embargo, la confesión desarrolla más este pensamiento diciendo: «Es el mismo Padre en operación (…) El Espíritu de Dios es Dios mismo en operación, saliendo y volviendo a Sí mismo» siendo esta una variante doctrinal propia de los pentecostales unicitarios que no es, ni más ni menos, que monarquianismo modalista ya definido anteriormente.
2.4.2. Contraargumentos históricos de la iglesia
Ya he mencionado los argumentos históricos al sabelianismo referentes a la persona del Espíritu Santo en el punto 2.3., a los que podrían añadirse los argumentos del principal opositor histórico a Miguel Servet: Juan Calvino. En Institución de la religión cristiana dedica algunas líneas específicas contra la doctrina postulada por Servet y sus discípulos:
Para Servet ha resultado tan aborrecible y detestable el nombre de Trinidad, que ha afirmado que son ateos todos los que el llama “trinitarios”. (…) Y aunque él ilustre a veces sus desvaríos con metáforas, (…) luego reduce a nada la deidad del Hijo y del Espíritu, afirmando que según la medida que Dios dispensa, hay en uno y en otro cierta porción de Dios.[23]
2.4.3. Contraargumentos bíblicos
Si el Espíritu Santo es Dios el Padre en operación entonces Dios ha abandonado perpetuamente su trono para habitar en nosotros: «pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros» (Jn 16:17), «¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?» (1 Co 3:16), entonces, ¿delante de quién intercede el Hijo por nosotros en el cielo?: «el que además está (presente) a la diestra de Dios, el que también intercede (presente) por nosotros» (Ro 8:34). No podría entenderse que el Padre envíe al Espíritu Santo en base a esta doctrina, sino necesariamente que el Padre mismo se envíe: «Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre» (Jn 14:26). ¿En qué momento Dios ha vuelto a Sí mismo desde la promesa del Espíritu Santo para todo creyente? La frase no tiene base bíblica y, sin embargo, no se ubica en muchos textos bíblicos acerca de la persona y operación del Espíritu Santo. Qué sentido tendrían textos como: «Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios» (1 Co 2:10). ¿Dios se escudriña a sí mismo? O más bien es la operación del Espíritu Santo en el creyente que le permite entender aún lo profundo de Dios (el Padre). Lo mismo en Romanos: «Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!» (Ro 8:15). Si lo hemos recibido, pero él vuelve a Sí mismo entonces ¿dejamos de ser hijos?, ¿olvidamos nuestra adopción? Con todo en la propia a carta a los Romanos y en otros lugares como 1 Pedro no se duda en hablar del Espíritu Santo como «El Espíritu de Cristo», dando a entender que al igual que el Hijo procede del Padre, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo (clausula Filioqué): «Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él» (Ro 8:9), «escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos» (1 P 1:11). Como dice Calvino:
Y aunque la eternidad del Padre sea también la eternidad del Hijo y del Espíritu Santo, puesto que nunca jamás pudo estar Dios sin su sabiduría (el Hijo) y su virtud (el Espíritu Santo), ni en la eternidad debemos buscar primero y último, no es vano ni superfluo observar este orden, diciendo que el Padre es el primero, y luego el Hijo, por proceder del Padre; y el tercero el Espíritu Santo, que procede de ambos.[24]
En cuanto a la frase: «El Espíritu Santo es el poder de Dios en operación» Berkhof responde:
Hay también pasajes en los que se distingue entre el Espíritu Santo y su poder: Lc 1:35, 4:14; Hch 10:38, Ro 15:13; 1 Co 2:4. Tales pasajes se convertirían en absurdos si tuvieran que interpretarse sobre el principio de que el Espíritu Santo es meramente un poder. Esto puede demostrarse sustituyendo el nombre “Espíritu Santo” por una palabra como “poder” o “influencia”.[25]
Quedando demostrado bíblicamente que no se debe confundir a la persona del Espíritu Santo y su poder, pues hacerlo implica no haber comprendido adecuadamente lo que el propio texto quiere expresar.
En su tercer punto dicha confesión afirma:
El término “Hijo de Dios”, aplicado a Jesús no se encuentra con anterioridad a Belén. Hasta entonces, el nombre de Jesús en su calidad de Verbo era “Jehová”. El término “Hijo de Dios” es profetizado por el ángel a María, en cuyo anuncio le explica que Jesús “será llamado Hijo del Altísimo” (Lucas 1:32) y “será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35). Por lo que hablar de Hijo Eterno de Dios no es conforme a las Escrituras, ya que Jesús es llamado Hijo de Dios a partir de su nacimiento en Belén, aunque Jesús fuese eterno por existir desde siempre con Dios el Padre. Decir que Jesús fue “engendrado” en la eternidad, como enseña la doctrina de la trinitaria, es contrario a la enseñanza bíblica, ya que la Biblia habla de Jesús como el “Unigénito” (único engendrado) del Padre (Juan 1:18) y ese engendramiento del que hablamos, tuvo lugar dentro del tiempo, en el vientre de María, no en la eternidad. Los otros textos que hablan del Padre diciendo a Jesús “Yo te he engendrado hoy”, están siempre referidos en las Escrituras al día de la resurrección de Jesús.
2.5. «Hablar de Hijo Eterno de Dios no es conforme a las Escrituras»
Esta frase y todo el tercer punto de dicha confesión queda analizado y argumentado en el punto 2.2. «Del Padre procede el Verbo por emanación».
En su cuarto punto dicha confesión afirma:
El Padre es mayor que todos (Juan 10:29; 14:28), y el Hijo, siendo igual a Dios, por ser de su esencia (Filipenses 2:5), se ha sometido voluntariamente al Padre, despojándose de sus atributos divinos en la encarnación. (Hebreos 10:5-7; 9:14).
2.6. «el Hijo (…) despojándose de sus atributos divinos en la encarnación»
2.6.1. Encuadre doctrinal e histórico
Podríamos ubicar este punto de la confesión en una declaración subordinacionista, considerada por algunos (Grudem, etc.) técnicamente como herejía, aunque no todos se atreven a catalogarla así (Justo L. González), ya que muchos padres de la iglesia: Clemente, Justino Mártir, Ireneo, Tertuliano, Orígenes, etc. son considerados subordinacionistas por sus afirmaciones sobre el Hijo. Se debe tener en cuenta que estas afirmaciones combatían desde el principio al monarquianismo, en especial el modalista. En este sentido, deben entenderse muchas de sus frases tal y como expresa González: «es cierto que hay en Tertuliano cierta tendencia subordinacionista. Pero es necesario recordar que el propósito mismo de la obra Contra Práxeas lleva a Tertuliano a subrayar la distinción entre el Padre y el Hijo más que su unidad»[26].
Hecha esta aclaración, en la frase particular que quiero revisar: «el Hijo (…) despojándose de sus atributos divinos en la encarnación» se está hablando de algo más que una subordinación del Hijo, aquí se está defendiendo la teoría kenótica de Cristo. Es decir, un vaciamiento de ciertos atributos por parte del Hijo por hacerse hombre. Este debate de los estados de Cristo comenzó en algunos Padres de la Iglesia y reformadores si bien no se planteó doctrinalmente hasta el siglo XVII por luteranos y reformados: «no obstante, difirieron en cuanto al sujeto verdadero de los estados. Según los luteranos es la naturaleza humana de Cristo, pero según los Reformados es la persona del Mediador».[27] Esta idea de estados del mediador fue desapareciendo por la influencia de teólogos posteriores como Scheleiermacher.
2.6.2. Contraargumentos históricos de la iglesia
Desde un punto de vista ortodoxo o histórico, el texto de Filipenses 2:7-8: «sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» ha definido la humillación de Cristo en base a dos elementos: la kénosis y la tapeínosis. La kénosis «consiste en haber puesto Él (Hijo) a un lado la divina majestad del Soberano Gobernante del universo, y haber tomado la naturaleza humana en la forma de siervo»[28] y la tapeínosis «consiste en haberse sujetado a las demandas y maldición de la ley, y en que durante toda su vida se hizo obediente en acción y sufrimiento»,[29] por eso se entiende que Gálatas 4:4 diga «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley».
En la teología Reformada se habla de estos estados de humillación en (1) la encarnación, (2) sufrimiento, (3) muerte, (4) entierro y (5) descenso al hades. Ahora, en esta explicación de la kénosis y tapeínosis no se menciona el hecho de que por hacerse hombre (encarnación) el Hijo renunciara «a sus atributos divinos» como menciona dicha confesión de fe. En este sentido, Grudem argumenta históricamente:
Ningún maestro reconocido en 1.800 años de la historia de la Iglesia, incluyendo aquellos que hablaban el griego como lengua materna, pensó que el «despojarse a sí mismo» de Filipenses 2:7 significaba que el Hijo de Dios renunció a algunos de sus atributos divinos.[30]
2.6.3. Contraargumentos bíblicos
En esta frase no se aclaran de qué atributos divinos supuestamente el Hijo se despojó siendo por lo tanto herética, ya que parece indicar una renuncia a todos los atributos divinos. En otros casos sobre la explicación de la kénosis se limitan dichos atributos a aquellos que no pueden ser propios de un ser humano: la omnipresencia, omnisciencia, omnipotencia, eternidad o soberanía. Sin embargo, esto no tiene base bíblica en las propias afirmaciones que se hacen de Jesucristo y él hace de sí mismo estando ya encarnado: (1) Omnisciencia: «Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre» (Jn 2:24-25), «Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar» (Mt 11:27). (2) Omnipresencia: «Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo (presente) en medio de ellos» (Mt 18:20), «y he aquí yo estoy con vosotros (presente) todos los días, hasta el fin del mundo. Amén» (Mt 28:20), «Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está (presente) en el cielo» (Jn 3:13). (3) Omnipotencia: «Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar» (Jn 10:18), «Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento. Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios» (Mt 14:32), o que decir de multiplicaciones de panes y peces (Mt 14:19), o convertir al agua en vino (Jn 2:1-11), en relatos que no se dice que fuese por el poder del Espíritu Santo en Jesús, sino por su propio poder (el del Hijo), tal es así que «este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él» (Jn 2:11). (4) Eternidad: «Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy (presente)» (Jn 8:58), «Yo soy el Alfa y la Omega» (Ap 22:13), «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (He 13:8). (5) Soberanía: «Yo les digo» (Mt 5:22, 28, 32, 39, 44) hablando con la misma autoridad de Dios. Hasta tal punto se reflejan los atributos de Dios en Cristo y su misma sustancia y esencia que no dudó en afirmar: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14:9), «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él» (Jn 3:36). En este sentido, Hodge en su Teología Sistemática dedica varias hojas a pasajes del Evangelio de Juan que confirman constantemente la deidad plena de Cristo.
Grudem no duda en afirmar:
Otros pasajes que hablan de Jesús como plenamente divino incluyen Hebreos 1:3, en donde el autor dice que Cristo es la “fiel imagen” de la naturaleza o ser de Dios; lo que significa que Dios Hijo duplica exactamente el ser o la naturaleza de Dios Padre en todo detalle: cualquier atributo o poder que Dios Padre tiene, Dios Hijo lo tiene por igual.[31]
Es decir, el error de entender que la encarnación de Cristo implicó que se despojara de sus atributos divinos es no comprender la unión hipostática de Cristo, compartiendo ambas naturalezas en plenitud: Dios y ser humano y siendo una misma persona, no como confundieron los nestorianos o adopcionistas separando ambas. Despojar de sus atributos divinos a Cristo es ubicarlo en su encarnación solamente como hombre, pero no como Dios. «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (Jn 1:14), el texto no refleja ninguna reducción en la gloria, gracia y verdad del Padre reflejada en el Verbo encarnado. Por eso Pablo afirma: «Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad» (Col 2:9)
¿Cómo resolver ciertos textos bíblicos que parecen indicar que Jesús no era omnisciente? Como cuando pregunta «¿quién es el que me ha tocado?» (Lc 8:45), o saber que Jesús tuvo un cuerpo (Lc 2:7,40), hambre (Mt 4:2), sed (Jn 19:28), intelecto humano (Lc 2:52), alma (o espíritu, desde un punto de vista dicotomista) y emociones humanas como la angustia, (Jn 12:27,13:21; Mt 26:38), el asombro (Mt 8:10), la tristeza (Jn 11:35), teniendo la certeza bíblica además de que la gran mayoría de personas que veían a Jesús en su ministerio veían a un hombre, hasta tal punto que «ni siquiera sus hermanos creían en él» (Jn 7:5). Algunos lo llamaban carpintero, la gran mayoría Maestro, pero era él mismo quien se autodenominaba Hijo del Hombre, en referencia a la profecía mesiánica de Daniel 7. Todos estos textos bíblicos no niegan en ningún caso la ausencia de ni un solo atributo divino en Cristo, lo que afirman son atributos humanos en un ser humano. Por eso, el punto de conflicto en este tipo de doctrinas es la unión hipostática. Filipenses 2:7-8 no dice en ningún momento que el «despojarse a sí mismo» implicara renunciar a ninguno de sus atributos divinos, simplemente no se expresa en el texto, lo que sí se expresa en el texto bíblico es que este «despojarse» lo hizo «tomando forma de siervo», es decir, encarnándose como hombre y tomando naturaleza humana. ¿Acaso esto parece despojarse poco? Es interesante que en otras versiones de la Biblia como la Nueva Versión Internacional se traduzca «se rebajó voluntariamente», que parece ser una traducción más propia de lo que Pablo está queriendo transmitir a los Filipenses. En este sentido Grudem dice: «La mejor manera de entender este pasaje es que habla de que Jesús renunció a la posición y el privilegio que tenía en el cielo»[32], que es precisamente lo que se plantea en la teología Reformada respecto a este asunto.
En su quinto punto dicha confesión afirma:
La Biblia ordena la adoración al Padre (Juan 4:23-24); y Dios ordena a los ángeles la adoración a su Hijo resucitado (Hebreos 1:5-6). Los discípulos adoraron a Jesús (Mateo 28:17; Juan 9:38), pero no podemos descubrir en la Palabra de Dios ninguna orden de adoración al Espíritu Santo. Sencillamente no existe en toda la Biblia.
2.7. «No podemos descubrir en la Palabra de Dios ninguna orden de adoración al Espíritu Santo»
2.7.1. Encuadre doctrinal e histórico
Este punto de vista reflejado aquí es el antes mencionado que iniciaron los pneumatomacos, que no deja de ser una variante o modalidad dentro del arrianismo. Dicha herejía fue condenada en el Concilio de Constantinopla. Justo L. González escribe:
Los pneumatomacos resultaban ser un grupo de casi tanta importancia como el de los arríanos, y cuando había algunos que estaban dispuestos a abandonar la doctrina arriana en lo que se refería al Hijo, pero no en lo que se refería al Espíritu Santo, resultaba imposible atacar al arrianismo sin intentar definir de algún modo el carácter del Espíritu Santo.[33]
El arrianismo sostenía que tanto el Espíritu Santo como el Hijo eran criaturas de Dios. Si bien el Hijo era la primera creación de Dios, por el cual se creó todo después, pero no era inmutable, sino mudable y susceptible de pecado. Desde un punto teológico Arrio consideraba que el Hijo no era hoomousios con el Padre (misma sustancia), sino creado no de la sustancia de Dios, sino ek ouk enton. De las enseñanzas de Arrio Calvino dice: «Confesaba Arrio que Cristo es Dios e Hijo de Dios, porque no podía contradecir clarísimos testimonios de las Escrituras (…) Pero entretanto no dejaba de decir que Cristo es criatura y que tuvo principio como los demás».[34] En un sentido similar, pero con la persona del Espíritu Santo, los pneumatomacos negaban la deidad del Espíritu Santo. Muchos consideran que el arrianismo nace de una evolución de pensamiento de los escritos del monarquianista dinámico Pablo Samosata (el maestro de Arrio): «Sí parece cierto que en el centro mismo del arrianismo primitivo había el mismo interés en salvaguardar la humanidad del Salvador que fue manifestado anteriormente por Pablo de Sarnosata».[35]
2.7.2. Contraargumentos históricos de la iglesia
En el Concilio de Nicea se combatió la doctrina de Arrio afirmándose en dicho concilio que el Hijo había sido engendrado ek tes ousias tou patros (de la sustancia del Padre) y se negó que fuese creado. Sin embargo, el arrianismo y el semi-arrianismo siguieron activos en esos tiempos y hombres como Atanasio, principalmente, lucharon en contra del arrianismo que se volvió a levantar después del Concilio de Nicea. El motivo de dicho levantamiento era el término hoomousios, que comenzó a ser debatido en su significado e implicaciones doctrinales por los arrianos y modificado añadiendo una «i» (iota) en la palabra homoiousios que definía como dos sustancias diferentes en el Padre y el Hijo, cercanas, pero que ambos no comparten dicha sustancia. Fueron los conocidos como los homoiusianos. También surgieron otros grupos que directamente negaban ninguna relación de naturaleza y sustancia entre el Padre y el Hijo, (los anomoeanos y los homoeanos). Sin entrar en detalles de cómo la terminología y palabras usadas produjeron muchos conflictos y dificultad a la hora de definir que el Padre y el Hijo tienen una misma sustancia. Se considera a Atanasio clave en una resolución final Trinitaria para la Iglesia de aquel tiempo:
En tal situación, Atanasio dio un paso decisivo, que en última instancia habría de llevar al triunfo de la causa nicena: en un sínodo reunido en Alejandría en el año 362, declaró que las diferencias verbales no eran importantes, siempre que el sentido fuese el mismo. Así, tanto la frase “tres hipóstasis” como la frase opuesta, “una hipóstasis” son aceptables siempre que no se interprete la primera de tal modo que se dé en el triteísmo, ni la segunda de manera sabeliana. Con esto, los nicenos abrían el camino a una alianza con la mayoría conservadora.[36]
En un mismo grado al arrianismo, los pneumatomacos (énfasis que nos ocupa este punto) fueron combatidos por Basilio quién luchó en contra de ellos. Dicha lucha teológica ya quedó mencionada en el punto 2.3.
2.7.3. Contraargumentos bíblicos
Algunos podrían objetar aquí que en esta confesión no se niega la deidad del Espíritu Santo, de hecho, se dice que es «como el mismo Padre» y que, por lo tanto, solamente se niega que sea una persona o subsistencia propia. Hasta este quinto punto parecía así, sin embargo, en esta redacción la propia confesión entra en contradicción, puesto que necesariamente se está negando en este punto la deidad del Espíritu Santo al negarle adoración. Curiosamente, desde un punto de vista Trinitario no hay conflicto en la verdadera adoración a Dios en tres personas. Sin embargo, en esta confesión que afirma que el Espíritu Santo es «el mismo Padre» se niega la adoración al Espíritu Santo, negando así la adoración al Padre en su propia interpretación de la deidad. Además, se argumenta erradamente: «ninguna orden de adoración al Espíritu Santo» ignorando todas las órdenes de adoración a Dios que hay en las Escrituras. En base a este argumento tampoco hay ninguna orden de adoración al Hijo en las Escrituras, sin embargo, encontramos tanto en el Antiguo y Nuevo Testamento como es adorado. Tan sólo en su ministerio en la tierra hay suficientes evidencias bíblicas (Mt 8:2,9:18,14:33, 28:17; Mr 5:6; Jn 9:38, 20:28). La adoración verdadera a Dios de parte de un creyente se centra en la unidad de la deidad al completo y su trinidad. Adorar al Padre es adorar a Dios, adorar al Hijo es adorar a Dios, adorar al Espíritu Santo es adorar a Dios. De hecho, es la persona del Espíritu Santo la que ayuda y coopera para dicha verdadera adoración «en espíritu y verdad» (Jn 4:23), dando «El Espíritu mismo testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios» (Ro 8:16). Tal y como expresa el apóstol Pablo a los Efesios, las tres personas de la Trinidad participan para una verdadera adoración a Dios de parte del creyente: «porque por medio de él (Hijo) los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre» (Ef 2:18). En su obra: La comunión con el Dios trino John Owen «hace ochenta y una referencias a la adoración en Comunión con Dios, y el mayor número de referencias aparece en la sección relacionada en la comunión con el Espíritu Santo»[37] comenta Jaime D. Caballero en la introducción de dicha obra traducida en este tiempo al castellano. El teólogo inglés escribe:
El hecho de que las Escrituras asignan distintos roles al Padre, Hijo y Espíritu Santo (…) manifiesta que los santos deben reverenciar a cada persona de la Trinidad respectivamente, ya sea en adoración puramente moral y natural y también en la adoración congregacional.[38]
Por lo tanto, el creyente debe entender que la verdadera adoración a Dios es una verdadera adoración al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por lo que negar la adoración a alguno de ellos sería negar la adoración al único verdadero Dios. A lo largo del Antiguo y Nuevo Testamento diferentes versículos hacen énfasis en las diferentes personas de la Trinidad al mencionar la adoración a Dios, nótese, por ejemplo: «Venid, adoremos y postrémonos; Arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor» (Sal 95:6), «Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío» (Sal 42:11), «Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, Y toda lengua confesará a Dios» (Ro 14:11), «Entonces Josué, postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró; y le dijo: ¿Qué dice mi Señor a su siervo?» (Jos 5:14). La Confesión de Fe de Westminster afirma:
La adoración religiosa debe ser dada a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y solamente a él; no a los ángeles, ni a los santos, ni a ninguna otra criatura. Desde la caída, la adoración es a través de un Mediador, pero por la mediación de ningún otro, sino solamente por la de Cristo[39]
En su sexto punto dicha confesión afirma:
Jesús enseñó a dirigirnos al Padre en oración (Lucas 11:2; Mateo 6:6); y Él oraba a su Padre (Marcos 14:36; Lucas 23:46; Juan 17:1-5). Los apóstoles hacían lo propio, orando al Padre en el nombre de Jesucristo (Colosenses 1:3; Efesios 1:16-17). No hay enseñanza en la Biblia en la que dirijamos nuestra oración a Jesús. Y, por supuesto, no encontramos en todos los escritos neotestamentarios el más mínimo respaldo para orar al Espíritu Santo, como a alguien a parte del Padre.
2.8. «No hay enseñanza en la Biblia en la que dirijamos nuestra oración a Jesús (ni) al Espíritu Santo»
2.8.1. Encuadre doctrinal e histórico
Esta afirmación se ubica históricamente en el arrianismo, ya explicado en el punto 2.7.
En la actualidad, podría decirse que sigue siendo una doctrina defendida por los Testigos de Jehová (con gran carga arrianista en su doctrina): «Nosotros (…) oramos a Jehová, y solamente a él».[40]
2.8.2. Contraargumentos históricos de la iglesia
En el punto 2.7. se describe los contraargumentos históricos al arrianismo.
2.8.3. Contraargumentos bíblicos
Es un error pensar que en la Biblia solamente aparecen oraciones al Padre. Charles Hodge escribe:
En el Antiguo Testamento, las oraciones allí registradas se dirigen uniformemente a Dios como tal. (…) En el Nuevo Testamento, la oración es ofrecida bien a Dios como el Dios Trino, o al Padre, o al Hijo y al Espíritu Santo, como personas distintas.[41]
Hay diferentes ejemplos de oraciones a Jesús en su ministerio otorgándole el rango de Dios mismo: «Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe» (Lc 17:5), «Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» (Lc 23:42), «viendo a Jesús, se postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme» (Lc 5:12). O qué decir de una de las oraciones más cortas y claras de la Biblia cuando Pedro se está hundiendo en el mar: «¡Señor, sálvame!» (Mt 14:30). ¿Qué diferencia hay entre este tipo de oraciones a Jesús que otras oraciones que se encuentran en la Biblia a Dios?: «Mírame, y ten misericordia de mí, Porque estoy solo y afligido» (Sal 25:16), «Guarda mi alma, y líbrame» (Sal 25:20) y en otros muchos salmos que se podrían citar y compararse a las oraciones a Jesús. Dichas oraciones no solamente se hicieron a Jesús en la tierra, Esteban ora diciendo: «Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu» (Hch 7:59) que es exactamente la misma disposición del Hijo encomendando su espíritu al Padre: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23:46). Y por si parecen pocas evidencias será suficiente con ir al libro de Apocalipsis y revisar lo que ocurre delante del trono de Dios: «Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos» (Ap 5:13). Ahora, la oración al Espíritu Santo va implicada en estas afirmaciones. Puesto que es el Espíritu de Cristo que «mora en vosotros» (Ro 8:11), no habiendo ninguna competencia o conflicto en la oración de un creyente. Las Escrituras no afirman jamás que no se pueda orar al Hijo o al Espíritu Santo, puesto que es orar a Dios. Hasta tal punto es dicho énfasis en las Escrituras que el apóstol Pablo da un repaso a la Trinidad completa al referirse a los dones, ministerios y operaciones de Dios para con su Iglesia: «Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo» (1 Co 12:4-6).
El único énfasis bíblico que sí queda claro es que se debe orar a Dios en el nombre de Jesús tal y como él mismo enseñó (Jn 14,13,15:16,16:24) De esta manera lo explica Hodge:
Por “el nombre de Dios” se significa el mismo Dios, y Dios tal como está manifestado en Su relación con nosotros. Ambas ideas van generalmente unidas. Así, creer “en el nombre del unigénito de Dios” es creer que Cristo es el Hijo de Dios, y que como tal Él se manifiesta como el único Salvador de los hombres. Actuar en nombre de alguien es a menudo actuar con su autoridad y en el ejercicio de su autoridad.[42]
Por eso es común ver en las Escrituras que hacer o decir «en nombre» de alguien es realizarlo con su autoridad y poder: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda» (Hch 3:6), «El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es este, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel» (Hch 9:15), «Entonces dijo David al filisteo: Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado» (1 S 17:45) y en otros muchos lugares de las Escrituras. Por eso Hodge concluye:
No debemos confiar en nuestros propios méritos, ni en nuestro propio carácter, ni siquiera sencillamente en la misericordia de Dios; tenemos que alegar los méritos y el valor de Cristo. Es sólo en Él, en virtud de Su mediación y valía, que según el Evangelio, se confiere toda bendición sobre los apóstatas hijos de los hombres.[43]
En su séptimo punto dicha confesión afirma:
Dios ha dejado suficiente revelación en Su Palabra para conocerle a Él, no sólo en el sentido espiritual del término, de relación y cercanía sino también conocer por su Palabra lo que ésta nos enseña sobre su personalidad y su esencia. Por lo que esta doctrina rechaza la idea de que las tres personas en un solo Dios sea un misterio incomprensible para la mente humana.
2.9. «Esta doctrina rechaza la idea de que las tres personas en un solo Dios sea un misterio incomprensible para la mente humana»
2.9.1. Encuadre doctrinal e histórico
Esta frase es propia del gnosticismo de primeros de siglo o bien al racionalismo de Servet. En el primer caso (gnosticismo), la idea de que el ser humano puede alcanzar todo conocimiento y sabiduría es propio de este tipo de pensamiento sincretista que se combatió ya en la época de los apóstoles de Jesucristo. Defender la idea de que «las tres personas en un solo Dios sea un misterio incomprensible» y después negar las tres personas en la propia confesión de fe planteada demuestra lo incomprensible que no solamente la Trinidad, sino la propia mente humana y la razón. Los gnósticos defendían que el «conocimiento no consiste en una mera información, sino que es más bien una iluminación mística producto de la revelación de lo eterno».[44] En el segundo caso (Servet), el pretender entender la Trinidad por medio da la razón fue un argumento sostenido por Miguel Servet (anabaptista racionalista ya mencionado en este trabajo en el punto 2.4.). González escribe referente a Servet:
Creía que la doctrina de la Trinidad carecía de fundamento (…) y llegó a la conclusión de que las doctrinas de la Trinidad y de la eterna generación del Hijo no se encontraban en las Escrituras ni podían tampoco ser sostenidas por medios racionales.[45]
Al no enfatizar la frase hacia ningún lado ambas opciones son viables para lo dicho en este punto siete.
2.9.2. Contraargumentos históricos de la iglesia
Es un error creer que la doctrina de la Trinidad puede ser entendida por medio de la razón en lugar de por medio de la fe. Berkhof escribe: «Muy fuera de toda duda la doctrina de la Trinidad es una doctrina revelada»[46]. Berkhof se refiere a la revelación por medio de la Palabra de Dios. Es decir, el ejercicio debe ser ver y comprobar cómo Dios se revela a sí mismo por medio de su Palabra. Pero al igual que con la gracia, la soberanía y muchas otras verdades de la Escritura, en última instancia esta revelación debe ser comprendida por medio de la fe del creyente al leer la Palabra de Dios. La doctrina de la Trinidad no pretende ser entendible, sino bíblica. Precisamente los errores y herejías referentes a un Dios no trino son las que pretenden ser más fáciles de entender por la razón y la mente humana. En este sentido Grudem escribe:
Debemos estar advertidos por los errores que se han cometido en el pasado. Todos son el resultado de intentos de simplificar la doctrina de la Trinidad y hacerla absolutamente comprensible, eliminando todo misterio. Esto jamás se podrá lograr. Sin embargo, no es correcto decir que no podemos entender nada de la doctrina de la Trinidad.[47]
Sin duda esta frase se complementa con lo que Berkhof dice:
La Trinidad es un misterio (…) el hombre no puede comprenderla y hacerla inteligible. Es inteligible en algunas de sus relaciones y modos de manifestación; pero ininteligible en su naturaleza esencial. Los numerosos esfuerzos que han sido hechos para explicar el misterio fueron especulativos más bien que teológicos. La Iglesia nunca ha tratado de explicar el misterio de la Trinidad, únicamente trata de formular la doctrina respectiva, en tal forma que los errores en que se peligra se eviten.[48]
2.9.3. Contraargumentos bíblicos
La Biblia no incluye el término Trinidad, tampoco hacer un debate sobre la sustancia, esencia, hipóstasis, personas y muchos otros términos que se han descrito en este breve trabajo. La mejor manera de entender la Trinidad es limitarse a lo que Dios dice en su Palabra y comprender cómo en toda la Biblia se hace real y presente un único y verdadero Dios: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Así comienza Génesis 1:1-3:
En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.
Es por eso que se debe ser humilde y bíblico a la hora de afrontar dicha doctrina y también, metódico y sesudo para entender cómo se ha llegado a día de hoy a lo que conocemos como la Trinidad en unidad. Siendo el apóstol Pablo una de las mentes más brillantes de la historia de la Iglesia e inspirado por el Espíritu Santo suele concluir: «Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén» (1 Ti 1:17). Y en su carta más teológica Romanos 11:33-36:
¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.
CONCLUSIÓN
La doctrina de la Trinidad no se postuló históricamente para explicar los detalles de los misterios de Dios y su esencia. Se construyó, defendió y apuntaló para evitar por medio de las Escrituras constantes errores de diferentes movimientos y pensadores de decir más de lo que la Biblia dice acerca de Dios, o menos de lo que la Biblia dice acerca de Dios. La doctrina de la Trinidad es una defensa a la Sola Scriptura que ha generado un sinfín de debates por asuntos de palabras, términos e interpretación de términos que pretendían obstaculizar el conocimiento del Dios verdadero.
Cuando alguien se presenta ante la doctrina de la Trinidad debe terminar en una actitud de adoración y glorificación a Dios, de comunión con Él. Si el Dios Trino no produce esto en el corazón de un creyente no lo hará un dios tripartito, ni modal, ni dispensacional, ni dinámico, ni en ninguna otra forma o variante humana planteada a lo largo de la historia y alejada de las Escrituras.
BIBLIOGRAFÍA
«¿Debemos orar a Jesús?». JW.org. Acceso el 16 de mayo de 2024. https://www.jw.org/es/biblioteca/revistas/wp20150101/debemos-orar-a-dios/
«De la adoración religiosa y de día de reposo XXI.2» Confesión de Fe de Westminster. Acceso el 16 de mayo. https://es.ligonier.org/recursos/credos-confesiones/la-confesion-de-fe-de-westminster/
«Qué es el Espíritu Santo». JW.org. Acceso el 16 de mayo de 2024. https://www.jw.org/es/ense%C3%B1anzas-b%C3%ADblicas/preguntas/qu%C3%A9-es-el-esp%C3%ADritu-santo/
Basilio de Cesarea. El Espíritu Santo. Madrid: Ciudad nueva, 1996. Edición en PDF.
Berkhof, Louis. Teología Sistemática. Michigan: T.E.L.L. 1988.
Caballero, Jaime D. Comunión con el Dios trino, Padre Hijo y Espíritu Santo, Volumen I de John Owen. Lima: Teología para vivir, 2022.
Calvino, Juan. Institución de la religión cristiana, Volumen I. Rijswijk: Felire, 2019.
González, Justo L. Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I. Florida: Editorial Vida, 1992.
Grudem, Wayne. Teología Sistemática. Michigan: Editorial Vida, 2021.
Hodge, Charles. Teología Sistemática, Volumen I. Barcelona: Editorial Clie, 1991.
Hodge, Charles. Teología Sistemática, Volumen II. Barcelona: Editorial Clie, 1991.
López, Esteban. «Miguel Servet, verdad y conciencia». Acceso el 16 de mayo de 2024. https://www.pensamientoprotestante.com/2023/03/miguel-servet-verdad-y-conciencia.html
Owen, John. Comunión con el Dios trino, Padre Hijo y Espíritu Santo, Volumen I. Lima: Teología para vivir, 2022.
Ropero, Alfonso. Lo mejor de Orígenes. Barcelona: Editorial Clie, 2002. Edición en PDF.
Ropero, Alfonso. Lo mejor de Tertuliano. Barcelona: Editorial Clie, 2001. Edición en PDF.
Tertuliano. Contra Praxeas. Editado Por Julio César Clavijo Sierra. Colombia: Único Dios, 2017. Edición en PDF.
[1] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Florida: Editorial Vida, 1992), 141.
[2] Tertuliano, Contra Práxeas. Ed. Por Julio César Clavijo Sierra (Colombia: Único Dios, 2017), edición en PDF, 3.
[3] Alfonso Ropero, Lo mejor de Tertuliano (Barcelona: Editorial Clie, 2001), edición en PDF, 32.
[4] Tertuliano, Contra Práxeas. Ed. Por Julio César Clavijo Sierra (Colombia: Único Dios, 2017), edición en PDF, 2.
[5] Tertuliano, Contra Práxeas. Ed. Por Julio César Clavijo Sierra (Colombia: Único Dios, 2017), edición en PDF, 2.
[6] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, Volumen I. (Rijswijk: Felire, 2019), 80.
[7] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Florida: Editorial Vida, 1992), 187.
[8] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Florida: Editorial Vida, 1992), 187.
[9] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Florida: Editorial Vida, 1992), 212.
[10] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Florida: Editorial Vida, 1992), 212.
[11] Alfonso Ropero, Lo mejor de Orígenes (Barcelona: Editorial Clie, 2002), edición en PDF, 74.
[12] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, Volumen I. (Rijswijk: Felire, 2019), 86.
[13] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, Volumen I. (Rijswijk: Felire, 2019), 87.
[14] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Florida: Editorial Vida, 1992), 225.
[15] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Florida: Editorial Vida, 1992), 293.
[16] Basilio de Cesarea, El Espíritu Santo (Madrid: Ciudad nueva, 1996), edición en PDF, 182.
[17] Charles Hodge, Teología Sistemática, Volumen I (Barcelona: Editorial Clie, 1991), 371.
[18] REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., [versión 23.5 en línea]. <https://dle.rae.es> [16 de mayo].
[19] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, Volumen I. (Rijswijk: Felire, 2019), 85.
[20] Louis Berkhof, Teología Sistemática (Michigan: T.E.L.L. 1988), 113.
[21] Esteban López, «Miguel Servet, verdad y conciencia», acceso el 16 de mayo de 2024, https://www.pensamientoprotestante.com/2023/03/miguel-servet-verdad-y-conciencia.html
[22] «Qué es el Espíritu Santo», acceso el 16 de mayo de 2024, https://www.jw.org/es/ense%C3%B1anzas-b%C3%ADblicas/preguntas/qu%C3%A9-es-el-esp%C3%ADritu-santo/
[23] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, Volumen I. (Rijswijk: Felire, 2019), 102.
[24] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, Volumen I. (Rijswijk: Felire, 2019), 98.
[25] Louis Berkhof, Teología Sistemática (Michigan: T.E.L.L. 1988), 114.
[26] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Florida: Editorial Vida, 1992), 178.
[27] Louis Berkhof, Teología Sistemática (Michigan: T.E.L.L. 1988), 395.
[28] Louis Berkhof, Teología Sistemática (Michigan: T.E.L.L. 1988), 395-396.
[29] Louis Berkhof, Teología Sistemática (Michigan: T.E.L.L. 1988), 396.
[30] Wayne Grudem, Teología Sistemática (Michigan: Editorial Vida, 2021), 700-701.
[31] Wayne Grudem, Teología Sistemática (Michigan: Editorial Vida, 2021), 283
[32] Wayne Grudem, Teología Sistemática (Michigan: Editorial Vida, 2021), 701
[33] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Florida: Editorial Vida, 1992), 294.
[34] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, Volumen I. (Rijswijk: Felire, 2019), 82.
[35] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Florida: Editorial Vida, 1992), 255.
[36] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Florida: Editorial Vida, 1992), 273.
[37] Jaime D. Caballero, Comunión con el Dios trino, Padre Hijo y Espíritu Santo, Volumen I de John Owen (Lima: Teología para vivir, 2022), 77.
[38] John Owen, Comunión con el Dios trino, Padre Hijo y Espíritu Santo, Volumen I (Lima: Teología para vivir, 2022), 113.
[39] «De la adoración religiosa y de día de reposo XXI.2» Confesión de Fe de Westminster, acceso el 16 de mayo, https://es.ligonier.org/recursos/credos-confesiones/la-confesion-de-fe-de-westminster/
[40] «¿Debemos orar a Jesús?», acceso el 16 de mayo de 2024, https://www.jw.org/es/biblioteca/revistas/wp20150101/debemos-orar-a-dios/
[41] Charles Hodge, Teología Sistemática, Volumen II (Barcelona: Editorial Clie, 1991), 562.
[42] Charles Hodge, Teología Sistemática, Volumen II (Barcelona: Editorial Clie, 1991), 566.
[43] Charles Hodge, Teología Sistemática, Volumen II (Barcelona: Editorial Clie, 1991), 566.
[44] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Florida: Editorial Vida, 1992), 125.
[45] Justo L. González, Historia del Pensamiento Cristiano, Tomo I (Florida: Editorial Vida, 1992), 102.
[46] Louis Berkhof, Teología Sistemática (Michigan: T.E.L.L. 1988), 99.
[47] Wayne Grudem, Teología Sistemática (Michigan: Editorial Vida, 2021), 327.
[48] Louis Berkhof, Teología Sistemática (Michigan: T.E.L.L. 1988), 104-105.